martes, 26 de mayo de 2026

Algunos poemas de Constantino Cavafis (Grecia, 1863-1933).

 

Deseos

Como cuerpos hermosos de muertos sin vejez
que encerraron, con lágrimas, en bellos mausoleos,
rosas a la cabeza, jazmines a sus pies
así parecen ir pasando los deseos,
sin ser cumplidos, sin apenas merecer
una noche de goce, un claro amanecer.

 

En cuanto puedas

Y si no consigues hacer tu vida como quieres
intenta por lo menos esto
en cuanto puedas: no vayas a ensuciarla
al frecuente contacto de la gente,
con charlas y negocios por doquiera.

No vayas a ensuciarla con llevarla,
con volverla a menudo y exponerla
a la vulgar locura cotidiana
de tanta relación y compañía
para que se convierta en una extraña intrusa.

 

        En desesperación

        Lo perdió del todo. Y ahora busca ya
        en los labios de cada nuevo amante
        los labios de él; en la unión con cada
        nuevo amante busca engañarse
        que es el mismo joven, que se entrega a aquél.
        Lo perdió del todo, como si ni siquiera nunca existido.
        Porque quería -dijo él- quería liberarse
        del placer morboso, estigmatizado.
        Era tiempo todavía -según dijo- de salvarse.
        Lo perdió del todo, como si nunca siquiera hubiera existido.
        A través de la imaginación, a través de las falsas sensaciones
        en los labios de otros jóvenes busca los labios de él;
        buscar sentir de nuevo su amor.

 

            Fui

Me desaté. Me abandoné del todo y fui.
Hacia los placeres, que medio reales,
medio imaginados en mi cerebro estaban,
fui en la noche iluminada.
Y bebí licores fuertes, como
los que beben los temerarios de la voluptuosidad.

 

        Lejos

Quisiera este recuerdo decirlo…
Pero de tal modo se ha borrado… como que nada queda –
porque lejos, en los primeros años de mi adolescencia yace.
Una piel como hecha de jazmín…
Aquel atardecer de agosto – ¿era agosto…?-
Apenas me recuerdo ya de los ojos; eran, creo, azules…
Ah sí, azules: un azul de zafiro.

 +

    Permanecer

Constantino Cavafis

 

Debe haber sido la una o la una y media.

En un rincón de la taberna, tras la división de madera,
aparte de nosotros, nadie.
La lámpara apenas iluminaba.
El mesero dormía cerca de la puerta.

Estábamos tan excitados que nada nos importaba.
Nuestras ropas entreabiertas…
—no usábamos mucha
por el excesivo calor del mes de julio—

Goce de cuerpos semidesnudos,
contacto rápido de pieles,
visión de lo que ocurrió hace veintiséis años
y que ahora permanece en el poema.

 

 

 

             

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