Piensa, escribe, ríe.
Este es el blog de Galu :) Es un espacio abierto a las personas que quieran compartir: sus pensamientos, opiniones, experiencias, preocupaciones, tips para la vida; escritos propios, ajenos (y sugeridos) como poemas, relatos, cuentos cortos y todo tipo de expresión que inspire y enriquezca la vida.
jueves, 1 de enero de 2026
Pequeña reseña de ROLAISA, libro de Luz María Zapata
domingo, 26 de octubre de 2025
Actividades de Vecinas del cuento y la difusión de su primera antología, 2025
Además del lanzamiento en la FEria del libro de Manizales, de la presentación oficial en el Banco de la República, hemos visitado casas de la cultura y espacios culturales de la ciudad. Esta vez en la casa Atardecerews, de Chipre, dirigida por Luis David Arias..
🚨VECINAS DEL CUENTO / ACTIVIDADES
Las Vecinas del Cuento seguimos compartiendo nuestras
Palabras con propósito. ✍🏻
Una ocasión para encontrarnos, leer juntas y seguir tejiendo historias que nacen de la vida cotidiana, la memoria y la comunidad.
Publicación en "El Barequeo", importante medio de periodismo artesanal de Manizales: Libro Vecinas del Cuento. Y un texto de Beatríz Santander
https://barequeo.com/tesoros/perro-apaleado/
"Vecinas del cuento" reúne relatos de siete autoras de Manizales. El libro fue publicado por Editorial Raya y ganó el Programa de Estímulos para Proyectos Culturales y Artísticos de la Alcaldía de Manizales. Hoy publicamos uno de los cuentos de este libro.
- El
libro "Vecinas del cuento" incluye obras de Judy Ramírez, Luz
Adriana Suárez, Marta Lucía Londoño, Cristina Botero, Beatriz Elena
Santander, Olga Lucía Jaramillo-Galu, y María Elena Jiménez.
«Perro apaleado», un cuento de Beatriz Elena Santander
Mejía
25 de octubre de 2025
El capataz ordenó, mientras se fumaba un cigarrillo: Se
irán los mayores de sesenta esta misma tarde, ya saben quiénes son. Se oyó
con una voz nerviosa que luchaba por no perder el tono autoritario. Ramón solo
pensó en que se le iba de entre las manos el sueño de comprarle la casa a su
mujer.
Más tarde, la hermana de Ramón lo llamó para pedirle que se
cuidara del virus mortal, que el gobierno ordenaba el confinamiento. Su voz
chillona, casi histérica, le molestó. Cuando intentó responderle y preguntarle
por Fifí, un hilo de amargura se le enredó en la garganta, como un mal augurio.
Ella, que nunca le ofreció ningún gesto de cariño, parecía activar un mecanismo
de compasión secreto por su único hermano vivo. Le pidió, casi le rogó, que no
saliera a la calle, que los viejos tenían mayor riesgo de contagio. Además,
usted es muy vicioso. Él pensó en decirle que ya no fumaba ni bebía,
pero no se animó.
Tres años antes, Ramón había perdido la casa y a la mujer
por deudas de juego, pero su hermana no lo sabía. Tranquila, que me voy
a cuidar. Colgó tembloroso el teléfono, sin entender aún todo lo que
le había pasado.
Oscureció temprano, como si el miedo colectivo precipitara
los ritmos del día. En la calle se escuchaba un zumbido. Ramón entró en una
droguería a comprar un tapabocas, se lo puso y sintió el primer pánico. En el
televisor de la farmacia, un noticiero mostraba imágenes de una ciudad italiana
donde transportaban en camiones a miles de muertos hacia tumbas colectivas. Le
aterró pensar que el fin del mundo era una realidad, y al mismo tiempo se
alegró de liberarse de las deudas.
Al día siguiente, la dueña de la pensión les advirtió a sus
huéspedes que, en vista de la situación de encierro obligatorio, les exigía el
pago adelantado de la mensualidad. Los que tengan a dónde
ir, es mejor que se vayan, aquí ya hay mucha gente, dijo desafiante
levantando la cabeza. Se hizo un silencio profundo y de pronto una
verdulera de rostro congestionado gritó: No estaríamos aquí si
tuviéramos a dónde ir. Nadie más alzó la voz, solo sonaba el
noticiero.
Usted sabe que nos han mandado a todos a guardarnos y sin
paga, se animó airado Ramón. La dueña de la pensión suspiró y,
agitando los brazos, dijo: Eso, Ramón, no es problema mío, aquí no
caben los que no estén al día. Luego siguieron protestas y cuchicheos
convertidos en una masa espesa de voces agrias.
Ramón decidió volver al trabajo al día siguiente, con el
tapabocas puesto. Encontró el taller cerrado, pero dentro se escuchaban los
motores de los soldadores y esmeriles. Golpeó el portón, nadie atendió y se
sentó a esperar la hora del café. Al rato empezaron a salir jóvenes con
delantales de hule. Lo saludaron con gestos y se sentaron junto a él a fumar.
Ramón entró al taller, buscó al capataz. Subió nervioso el
mezanine y se encontró con una cabeza blanca de rostro curtido. El hombre
revisaba papeles recostado en su silla. Le lanzó una mirada de soslayo: ¿Qué
quiere, Osorio? Trabajar, respondió Ramón. Usted es un anciano. Si
todavía tengo jóvenes aquí, es porque solo ellos lo pueden hacer, le dijo
el capataz. ¿Y de qué voy a vivir? No tengo familia. Como si la
súplica le hubiera hecho reaccionar, el hombre dejó los papeles y levantó la
mirada por encima del hombro, mientras sacaba de su chaqueta una caja de
cigarrillos. Le ofreció uno. Ramón respondió con impaciencia, Ya no
fumo. El capataz encendió el suyo y dio la primera bocanada. Lo miró con
arrogancia. Dijo: Mire, Osorio, el día que seamos monjitas de la
caridad vuelva, por ahora no tengo nada más para decirle. Tiró el
cigarrillo y lo pisó con su bota de cuero. Se acercó a Ramón, que se disponía a
bajar las escaleras, le palmeó la espalda y agregó: Cuídese, hombre,
cuídese.
Ramón caminó lento y sin rumbo, como si la meditación lo
fuera a sacar de sus problemas. Circulaban muy pocos carros, algunos vendedores
ambulantes desafiaban la orden de confinamiento. Le llamó la atención la larga
fila con gente de mirada ansiosa en la puerta de un supermercado. ¿Iba en serio
lo de la pandemia? Se indignó, los pobres como él no podían encerrase hasta
nueva orden, y decidió seguir buscando la forma de sobrevivir.
Quiso pedirle a la dueña de la pensión que le fiara siquiera
un mes; le pagaría cuando todo se normalizara, pero recordó que ella conocía su
pasado.
A mediodía ya había caminado hasta las afueras de la ciudad.
Divisó el río de aguas ocre y una cuadrilla de hombres que sacaban material de
la orilla y llenaban bolsas de fique. Ramón preguntó, esperando otra negativa,
si había trabajo. Uno de ellos lo miró de arriba abajo, sorprendido de que un
hombre tan esmirriado fuera capaz de dedicarse a esa labor. Claro que
sí, se paga por bulto. ¿Tiene experiencia? No, respondió Ramón. Sus
ojos, empequeñecidos por la luz intensa, solo veían sombras. Su cabeza casi
calva, nariz aguileña y grande, acompañada de unos labios descarnados y una
barba de tres días, le daban el aspecto de un perro apaleado. El hombre le miró
las manos fuertes y callosas, y agregó: Si quiere empezar de una vez,
coja esa pala, que no tiene dueño.
Ramón logró que lo dejaran dormir en la enramada donde
guardaban los bultos. Se sintió agradecido, encontró trabajo y casa, más de lo
que esperaba. Cada día lograba llenar dos sacos de arena, y su exiguo ahorro le
permitía soñar con comprar una casa y pedirle a su mujer que regresara con él.
La mañana del domingo se despertó tarde y se sintió muy
cansado. Le dolía la cabeza y tenía algo de tos. Se quedó echado sobre los
costales que le servían de cama. Al atardecer fue al río por un poco de agua
para la sed que le quemaba las entrañas. Se sintió sin aliento para ir hasta el
hospital. La calentura la tenía en todo el cuerpo y decidió tirarse al río. Al
día siguiente fue incapaz de levantar la pala, la debilidad le ganaba a sus
fuerzas.
Cuando los areneros lo encontraron en ese estado, lo echaron
de allí y le tiraron un tapabocas al rostro. Se alejó arrastrando los pies. La
falta de aire comenzaba a molestarlo y creyó que no alcanzaría a llegar a
urgencias. El miedo a la muerte lo consumía, más que la fiebre. No quería morir
sin devolverle la casa a su mujer.
La ropa húmeda y sucia le pesaba. Intentaba orientarse hacia
el hospital donde alguna vez fue operado del apéndice, después creyó que era
mejor volver a la pensión y entregarle a la dueña el dinero que llevaba encima,
pero desechó la idea con rabia.
La tos le salía de los pulmones agotados. Recordó la llamada
de su hermana y pensó que no era tan perversa, que estaba arrepentida de su
abandono. Entró a una cafetería en busca de un teléfono y sacó del bolsillo del
pantalón la libretica donde tenía anotado su número. ¿Doris? Sí, ¿yo con
quién? Con Ramón. Es que estoy un poco enfermo, Ramón no pudo decirle
más. ¿Qué le pasa?,del otro lado se oía la voz
angustiada de la mujer y los ladridos de Fifí. Necesito ir a su casa,
es que no tengo a dónde ir. El silencio de su hermana se le clavó en
la mente afiebrada. ¿Y su casa y su esposa?,dijo ella impaciente. No
la tengo sino a usted… ¿Me recibe mientras me recupero?, atinó a decir.
Sí, claro, pero es que… es que… Fifí es muy delicadita…
El tendero lo amenazó con llamar a la policía si no se iba.
Ramón lo miró sin expresión, pero la rigidez de los músculos de las piernas
solo le sirvió para caer derrumbado sobre una silla. El delirio de la calentura
lo sumió en la ilusión de que volvía a su casa con una mujer que tenía un
hábito blanco, y que carecía de ojos. Diez minutos después recobró la
conciencia y le mostró al tendero la dirección de su hermana. Las sirenas le
aturdieron los oídos.
Un joven domicilio lo dejó en la entrada de la casa de su
hermana. Intentó rasguñar la madera de la puerta mientras le salía un
agónico Hermana, hermanita. Su cuerpo flotaba sin dolor. La
fiebre y la falta de aire lo vencieron. Se encontró en una casita rodeada de
jazmines que lo emborrachaban con su olor dulce y su esposa lo acariciaba.
Mientras, soltaba un último suspiro.
Beatriz Elena Santander Mejía
publicó el cuento «Perro apaleado» en la Antología Relata, de Mincultura, en
2022.
El libro Vecinas del cuento. Palabras con propósito.
Antología 2025 es una obra publicada por Raya Editorial, gracias al
apoyo ganado en el Programa de Estímulos para Proyectos Artísticos y Culturales
del municipio de Manizales.
“Vecinas del Cuento» es un proyecto que reúne a un grupo de
mujeres mayores de la ciudad de Manizales que dedican su retiro laboral a leer
y escribir literatura. Con una rica experiencia y una pasión por la cultura,
estas mujeres han creado una obra que captura la tradición y la memoria de su
comunidad, su ciudad, su país y otros mundos imaginados.
Vecinas del cuento. Palabras con propósito. Antología
2025.
Judy Ramírez Orozco, Cristina Botero Calderón, Martha Lucía
Londoño Carvajal, Beatriz Elena Santander Mejía, María Elena Jiménez Gómez, Luz
Adriana Suárez González, y Galu (Olga Lucía) Jaramillo Ochoa. Prólogo de Alejandra
Jaramillo Morales, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.
Raya Editorial
Manizales, 2025
179 páginas
ISBN: 978-628-02-0112-2
XII Festival Nos queda la palabra.
Acá estuvimos Las Vecinas del Cuento.
Compartimos algunos de nuestros textos, contamos sobre nuestro proyecto... siempre "Nos queda la palabra".
El Escondite, Manizales, octubre 2025.
jueves, 16 de octubre de 2025
Cuento del autor contemporáneo Hernán Casciari. Escrito con base en "El brujo postergado" de Borges.
Como
por arte de magia*
Pablo entró a robar al negocio de
magia del viejo Caracoche (esto pasó en Mercedes) con una pistola de juguete.
Sin leer el cartel del vidrio que decía: Se busca un ayudante joven. Cuando lo
vio entrar, a Pablo, el viejo creyó que el joven venía a buscar trabajo y salió
del mostrador a recibirlo, le dijo: Qué hacés pibe, pasá. Pablo, un poco
confuso, sacó la pistola y apuntó al viejo. La pistola era de juguete. Abrí la
caja y dame todo, le dijo, y si haces algo raro te quemo. Lo dijo medio
tartamudeando porque en Mercedes se rumoreaba que el viejo Caracoche era medio
mago en serio, que había hecho desaparecer cosas y también se decía que era
rico. Tranquilo, tranquilo, le dijo Caracoche, no voy a hacer nada raro, qué
necesitas, pibe.
Dame toda la plata que tengas,
dijo Pablo. Mirá, dijo Caracoche, podemos hacer dos cosas; te doy dos horas
para que busques en todo el negocio y te lleves la plata que encuentres, las
bolas que cambian de color, todos los trucos que tengo a la venta, lo que
quieras. El chico lo miró ansioso con la pistola en la mano y le dijo: ¿Y la
segunda cosa? Lo segundo, dijo el viejo y le mostró el cartel de la puerta, es
que trabajes conmigo, te puedo pagar 35 australes al mes más almuerzo, tu
trabajo sería ir con estos folletos al centro para que el negocio mejore, antes
lo hacía yo pero estoy viejo. Cuál
preferís, te llevas todo lo que encuentres ahora o un sueldo todos los meses de
35 australes.
Pablo tenía 15 años en ese
momento y había dejado la escuela a los nueve. Era hijo bastardo de una familia
paterna que lo abandonó, vivió en la calle desde la muerte de su abuela. Sí
había visto el cartel de la puerta, pero no sabía leer de corrido y como
tampoco sabía de números se quedó apuntando con la pistola sin saber qué
responder. Caracoche lo ayudó: Mirá, yo me voy adentro y si cuando vuelva me
robaste todo y te fuiste, mala suerte para los dos. Pero si cuando vuelvo con
la chocolatada vos seguís acá, empezàs hoy. Y el viejo se metió para adentro.
Pablo estuvo todo ese verano
entregando folletos de Casa de magia Caracoche en el centro de Mercedes, y el
negocio prosperó. No tanto en la venta de trucos, sino en las presentaciones en
cumpleaños y en casamientos. Ahora que el viejo tenía ayudante podía hacer
shows privados sin cargar él con los accesorios en sus espaldas. Cuando Pablo
cumplió 18, 3 años después del intento de robo, el viejo Caracoche era como un
padre para él, un abuelo muy presente. Charlaban todas las tardes, eran los dos
de Boca y el viejo lo había entrenado en la magia para que siguiera sus pasos.
Sin decirle nada al chico se había propuesto dejarle el negocio. La tarde en
que Caracochi murió ya no existían los australes, había un peso que valía lo
mismo que el dólar y Pablo ya era un mago profesional. El viejo le había
enseñado todo. En el velorio Pablo lloró desconsolado al lado del cajón y
cuando todo el mundo se fue él seguía llorando solo.
La gente nueva de Mercedes creía,
los que no conocían la historia, que era su nieto de verdad. El chico adoró
todos esos años a su patrón porque lo había sacado de la calle y le había dado
un oficio. El negocio de Pablo se siguió llamando Casa de magia Caracoche, en
honor a su maestro. Actualizó los trucos, empezó a vender por internet, hacía
shows privados cada vez más caros, compraba accesorios en la Avenida Cabildo.
Hubiera sido un sueño para el viejo ver esa marquesina, pensaba Pablo cada vez
que entraba con su auto caro al negocio.
Cuando Pablo cumplió 52 años
estaba chequeando mercadería en el local de Cabildo, ya eran más de las 8 de la
tarde y estaba solo, las dos empleadas vespertinas habían salido a las 7 y él
estaba pensando en poner más vigilancia porque ya le habían entrado dos veces a
robar de noche. Entonces sintió un ruido a sus espaldas y vio aparecer a un
chico encapuchado por abajo de las rejas. El chico tenía una pistola y le
temblaba la mano porque no esperaba que hubiera gente en el negocio. Pablo
sospechó que el arma del chico podía ser de juguete, pero no quiso correr
riesgo. Sin que el chico pudiera hacer nada Pablo sacó del doble fondo del
mostrador su Maverick y le disparó una sola vez al chico a la altura del pecho.
El disparo fue seco.
Y cuando Pablo abrió de nuevo los
ojos, como por arte de magia, estaba en Mercedes en el negocio del viejo
Caracoche, solo con su pistola falsa de juguete y tenía de nuevo 15 años. No
entendió nada. Todavía resonaba en su cabeza el eco del disparo de la sucursal
de Cabildo. Pero no era 2023, era 1987 de nuevo. Como si la cinta de su vida se
hubiera rebobinado después de gatillar el arma. Entonces apareció desde adentro
del negocio el viejo mago Caracoche con un vaso de chocolatada en la bandeja y
le dijo a Pablo: Lo siento mucho pibe, pero me arrepentí, no vas a ser bueno en
este trabajo, tomá la leche y mandate a mudar.
*Cuento
"Como por arte de magia" del autor argentino Hernán Casciari. (Cuentos contra reloj).
Basado
en el cuento de Borges: "El brujo postergado".
martes, 14 de octubre de 2025
"El brujo postergado" Jorge Luís Borges. Para que luego hablemos del género del cuento.
El brujo postergado
Jorge Luís Borges
En Santiago había un deán
que tenía codicia de aprender el arte de la magia. Oyó decir que don Illán
de Toledo la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.
El día que llegó enderezó a la
casa de don Illán y lo encontró leyendo en una habitación apartada. Éste lo
recibió con bondad y le dijo que postergar el motivo de su visita hasta después
de comer. Le señaló un alojamiento muy fresco y le dijo que lo alegraba mucho
su venida. Después de comer, el deán le refirió la razón de aquella visita y le
rogó que le enseñara la ciencia mágica. Don Illán le dijo que adivinaba que era
deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado luego
por él. El deán le prometió y aseguró que nunca olvidaría aquella merced, y que
estaría siempre a sus órdenes. Ya arreglado el asunto, explicó don Illán que
las artes mágicas no se podían aprender sino en sitio apartado, y tomándolo por
la mano, lo llevó a una pieza contigua, en cuyo piso había una gran argolla de
fierro. Antes le dijo a la sirvienta que tuviese perdices para la cena, pero
que no las pusiera a asar hasta que la mandaran. Levantaron la argolla entre
los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada, hasta que al
deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre
ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca y luego una
especie de gabinete con instrumentos mágicos.
Revisaron los
libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres con una carta para el deán,
escrita por el obispo, su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo
y que, si quería encontrarlo vivo, no demorase. Al deán lo contrariaron mucho
estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro por tener que
interrumpir los estudios. Optó por escribir una disculpa y la mandó al obispo.
A los tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el
deán, en las que se leía que el obispo había fallecido, que estaban
eligiendo sucesor y que esperaban por la gracia de Dios que lo elegirían a él.
Decían también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que
lo eligieran en su ausencia.
A los diez
días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a sus pies
y besaron sus manos y lo saludaron obispo. Cuando don Illán vio estas
cosas se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al
Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió
el decanazgo vacante para uno de sus hijos. El obispo le hizo saber que
había reservado el decanazgo para su propio hermano, pero que había determinado
favorecerlo y que partiesen juntos para Santiago.
Fueron para
Santiago los tres, donde los recibieron con honores. A los seis meses recibió
el obispo mandaderos del Papa que le ofrecía el arzobispado de Tolosa, dejando
en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le
recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El arzobispo le
hizo saber que había reservado el obispado para su propio tío, hermano de su
padre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para
Tolosa. Don Illán no tuvo más remedio que asentir.
Fueron para
Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años
recibió el arzobispo mandaderos del Papa que le ofrecía el capelo de
cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán
supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El
cardenal le hizo saber que había reservado el arzobispado para su propio tío,
hermano de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen
juntos para Roma. Don Illán no tuvo más remedio que asentir.
Fueron para
Roma los tres, donde los recibieron con honores y misas y procesiones. A los
cuatro años murió el Papa y nuestro cardenal fue elegido para el papado por
todos los demás. Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le
recordó la antigua promesa y le pidió el cardenalato para su hijo. El Papa
lo amenazó con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que
un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don
Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el
camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán (cuyo rostro se
había remozado de un modo extraño), dijo con una voz sin temblor:
–Pues tendré
que comerme las perdices que para esta noche encargué.
La sirvienta se presentó y don
Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa se halló en
la celda subterránea en Toledo, solamente deán de Santiago y
tan avergonzado de su ingratitud que no atinaba a disculparse.
Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y
lo acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió con gran
cortesía.
(Del Libro de Patronio del
infante don Juan Manuel, que lo derivó de un libro árabe: Las cuarenta mañanas
y las cuarenta noches)
martes, 30 de septiembre de 2025
Éxito en la presentación del libro Vecinas del cuento, antología 2025.
La primera antología de cuentos del colectivo Vecinas del cuento se lanzó en la Feria del libro de Manizales, el 7 de septiembre de 2025. Proyecto ganador de un estímulo a proyectos culturales 2025, de la Secretaría de cultura y civismo, de la Alcaldía de Manizales.
La presentación oficial tuvo lugar en el auditorio del Banco de la República el pasado 26 de septiembre. La filósofa magister en Lectura y Escritura, Sofía Acevedo, moderó el conversatorio con las integrantes del grupo y con Alejandra Jaramillo Morales, escritora y miembro de la Academia de la lengua colombiana.
Después del conversatorio y presentación del libro se ofreció una copa de vino con ambientación del saxofonista Esteban Valdez, mientras las orgullosas vecinas firmaron libros al numeroso público.