jueves, 1 de febrero de 2024

Poderoso caballero es don Dinero: un poema escrito mucho tiempo atrás, bien vigente por cierto.

Traemos un poema de Francisco de Quevedo como muestra de la evolución de la poesía con elementos de la sátira y la poesía burlesca. 

Poema que nos significa un repaso al movimiento Conceptismo.

 

Poderoso caballero es don Dinero. 

Quevedo*

Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo.
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España
y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
es hermoso, aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Es Galán y es como un oro,
tiene quebrado el color;
persona de gran valor
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Son sus padres principales,
y es de nobles descendiente,
pues que en las venas de Oriente
todas las sangres son reales.
Y pues es quien hace iguales
al duque y al ganadero,
poderoso caballero
es don Dinero.

¿Más a quién no maravilla
ver en su gloria, sin tasa,
que es lo menos de su casa
doña Blanca de Castilla?
Pero pues da al bajo silla
y al cobarde hace guerrero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Sus escudos de armas nobles
son siempre tan principales,
que sin sus escudos reales
no hay escudos de armas dobles;
y pues a los mismos robles
da codicia su minero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Por importar en los tratos
y dar tan buenos consejos
en las casas de los viejos
gatos lo guardan de gatos;
y, pues él rompe recatos
y ablanda al juez más severo,
poderoso caballero
es don Dinero.

Y es tanta su majestad,
aunque son sus duelos hartos,
que con haberle hecho cuartos
no pierde su autoridad.
Porque pues da calidad
al noble y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Nunca vi damas ingratas
a su gusto y afición,
que a las caras de un doblón
hacen sus caras baratas;
y, pues les hace bravatas
desde una bolsa de cuero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(mirad si es harto sagaz)
sus escudos en la paz
que rodelas en la guerra.
Y pues al pobre le entierra
y hace proprio al forastero,
poderoso caballero
es don Dinero.

* Francisco de Quevedo (1580-1645). Poeta, novelista, dramaturgo, ensayista español.

La poesía de Francisco de Quevedo, y en particular el poema "Poderoso caballero es don dinero", es un claro ejemplo de la evolución hacia el conceptismo en la lírica española del Siglo de Oro. Francisco de Quevedo fue uno de los principales exponentes del conceptismo, un estilo literario que se caracteriza por la agudeza en el ingenio, el juego de palabras y la densidad conceptual.

En "Poderoso caballero es don dinero" hay algunos rasgos del conceptismo (un movimiento literario que se opone al culteranismo (otro estilo de la época) y se centra en la agudeza intelectual y la profundidad conceptual. A saber:


1.     Juego de palabras y agudeza lingüística: Quevedo utiliza un lenguaje rico y sofisticado, jugando con las palabras y empleando giros ingeniosos para expresar sus ideas. La riqueza léxica y la agudeza son fundamentales en el conceptismo.

2.     Densidad conceptual: Cada verso de Quevedo está cargado de significado, y a menudo se requiere una cuidadosa reflexión para captar todas las capas de sentido. El poeta utiliza metáforas y simbolismos para transmitir su crítica social y moral.

3.     Contrastes y paradojas: El conceptismo busca resaltar contrastes y paradojas, y Quevedo lo logra al contraponer la aparente grandeza de don Dinero con la realidad más sombría que sugiere en el poema.

4.     Sátira social: Quevedo utiliza la sátira para criticar y ridiculizar las actitudes y valores de su tiempo. "Poderoso caballero es don dinero" es una crítica feroz a la codicia, la corrupción y la obsesión por la riqueza.

 


viernes, 12 de enero de 2024

Un saludo de FELIZ AÑO. a la par con el SALUDO DEL ALBA, de Juan Ramón Jiménez

 


Del libro Diario de un poeta recién casado

SALUDO  DEL  ALBA

 

¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve trascurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.

 

El día de ayer no es sino un sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, de este día!

(Del sánscrito)

 

Juan Ramon Jiménez (Moguer, Huelva, 1881 – San Juan, Puerto Rico, 1958) erigió una vasta obra en verso y prosa —siempre en constante revisión, en un afán de perfección— que constituye una de las cotas más altas de la expresión literaria en castellano. Antes de partir en 1916 hacia América, el poeta había vivido a caballo entre Madrid y su Moguer natal, y había publicado ya algunos libros importantes. En Madrid Juan Ramón conoció a Zenobia, una joven culta e inteligente junto a la que pasaría el resto de su vida. Se enamoró de ella y tras un noviazgo complicado decidieron embarcar en enero de 1916 hacia América, con el objetivo de contraer matrimonio allí. Se casaron el 2 de marzo en Nueva York y la pareja pasó tres meses visitando importantes ciudades norteamericanas. El poeta registró la travesía por mar y sus impresiones de Nueva York y de otros lugares que visitaron en este Diario de un poeta recién casado, que contiene algunos motivos de enorme trascendencia en su obra, como por ejemplo el del mar, que dejaría una impronta imborrable en Juan Ramón.

martes, 2 de enero de 2024

Perro apaleado. Cuento de Beatriz Elena Santander Mejía, publicado en Antología Relata 2022

 

PERRO APALEADO

Beatriz Elena Santander Mejía*



Manizales, Caldas

Taller Vecinas del Cuento

 

Lo habían despachado del taller de metalurgia donde trabajaba. El capataz, con una voz nerviosa que luchaba por no perder el tono autoritario, dijo mientras un cigarrillo se consumía entre sus dedos: se van los mayores de sesenta esta misma tarde, ya saben quiénes son.

Su hermana lo llamó después a pedirle que se cuidara del virus mortal, que el gobierno ordenaba el confinamiento. Su voz chillona, casi histérica, molestó a Ramón. Cuando intentó responderle, un hilo de hiel se enredó en su garganta como un mal augurio. Ella, que nunca tuvo el menor gesto de cariño con él, parecía activar un mecanismo de compasión secreto por su único hermano vivo. Le pidió, casi le rogó, que no saliera a la calle, que los viejos tenían mayor riesgo de contagio. Además, usted es muy vicioso. Él pensó en decirle que ya no fumaba ni bebía, pero no se animó.

Por deudas de juego, Ramón perdió casa y mujer, tres años antes, pero ella no lo sabía. Tranquila, que me voy a cuidar. Ramón, tembloroso, colgó el teléfono sin entender aún todo lo ocurrido aquel día.

Oscureció temprano, como si el miedo colectivo precipitara los ritmos del día. En todas partes la gente hablaba de la pandemia. Entró a una droguería a comprar un tapabocas, se lo puso y sintió el primer miedo de muchos que lo acompañarían. En el televisor de la farmacia, un noticiero mostraba imágenes de una ciudad italiana donde miles de muertos eran llevados en camiones a tumbas colectivas. Le aterró pensar que el fin del mundo era una realidad, y se alegró de liberarse de las deudas.

Al día siguiente, la dueña de la pensión advirtió a sus huéspedes que, en vista de la situación de encierro obligatorio, exigía el pago adelantado de la mensualidad. Los que tengan adónde ir es mejor que se vayan, aquí hay mucha gente, dijo desafiante levantando la cabeza. Se hizo un silencio profundo y de pronto una verdulera de rostro congestionado gritó: Si tuviéramos adónde ir, no estaríamos aquí. Nadie más levantó la voz, solo el noticiero lo hacía.

Usted sabe que nos han mandado a todos a guardarnos, ¡y sin paga!, se animó airado Ramón. La dueña de la pensión suspiró y agitó los brazos: Eso, Ramón, no es problema mío, los que no estén al día, aquí no caben.

Protestas y cuchicheos convertidos en una masa espesa de voces agrias.

Al día siguiente, con el tapabocas puesto, Ramon decidió volver al trabajo. Encontró el taller cerrado, aunque se escuchaban los motores de los soldadores y esmeriles. Golpeó el portón, nadie atendió y se sentó a esperar la hora del café. Al poco rato, empezaron a salir jóvenes con delantales de hule. Lo saludaron con gestos y se sentaron junto a él a fumar.

Entró al taller y buscó al capataz. Subió nervioso las angostas escalas en caracol. Lo buscó en el mezanine. Vio la cabeza blanca de rostro curtido y frente contraída. El hombre revisaba papeles recostado en su silla. Le lanzó una mirada de soslayo: ¿Qué quiere, Osorio? Trabajar, respondió Ramón. Usted es un anciano. Si todavía tengo gente aquí es porque hay trabajos pendientes. ¿Y de qué voy a vivir? No tengo familia. Como si la súplica le hubiera hecho reaccionar, el hombre dejó los papeles y levantó la mirada por encima del hombro, mientras sacaba de su chaqueta una caja de cigarrillos. Le ofreció uno. Ramón respondió con impaciencia Ya no fumo. El capataz encendió el suyo y dio la primera bocanada, lo miró con arrogancia. Mire, Osorio, el día que seamos monjitas de la caridad, vuelva, por ahora no tengo nada más para decirle. Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó con su bota de cuero. Se acercó a Ramón que se disponía a bajar las escaleras, palmeó su espalda y agregó: Cuídese, hombre, cuídese.

Ramón caminó lentamente, sin rumbo, como si la meditación lo fuera a sacar de las preocupaciones. Circulaban muy pocos carros, algunos vendedores ambulantes desafiaban la orden de confinamiento. Le llamó la atención la larga fila de gente de mirada ansiosa en la puerta de un supermercado. ¿Iba en serio lo de la pandemia? Se indignó, los pobres como él no podían encerrarse hasta nueva orden y decidió seguir buscando la forma de sobrevivir. Le pediría a la dueña de la pensión que le fiara siquiera un mes, que le pagaría cuando todo se normalizara, pero recordó que ella conocía su pasado.

A mediodía, ya había caminado hasta las afueras de la ciudad. Divisó el río de aguas ocre y una cuadrilla de hombres que sacaban material de su orilla y llenaban bolsas de fique. Ramón preguntó, esperando otra negativa, si había trabajo. Uno de ellos lo miró de arriba abajo, sorprendido de que un hombre tan esmirriado fuera capaz de dedicarse a esa labor. Claro que sí, aquí el trabajo es a destajo, se le paga por bulto. ¿Tiene experiencia? No. Los ojos empequeñecidos de Ramón, por la luz intensa, solo veían sombras. Su cabeza casi calva, nariz aguileña y grande, labios descarnados y una barba de tres días le daban el aspecto de un perro apaleado. El hombre miró las manos fuertes y callosas de Ramón y agregó: Si quiere empezar de una vez, coja esa pala que no tiene dueño.

Ramón logró que le dejaran dormir en la enramada donde guardaban los bultos. Se sintió agradecido, encontró trabajo y casa, más de lo que esperaba. Cada día lograba llenar dos sacos más de arena, y su exiguo ahorro le permitía soñar con comprar una casa y así pedir a su mujer que regresara con él.

La mañana del domingo se despertó tarde y se sintió muy cansado, le dolía la cabeza y tenía tos. Se quedó echado sobre los costales que le servían de cama. Al atardecer fue al río por un poco de agua para la sed que quemaba sus entrañas. Se sintió sin aliento para ir hasta la ciudad. Como estaba muy caliente decidió tirarse al río, la calentura la tenía en todo el cuerpo. Al día siguiente fue incapaz de levantar la pala, la debilidad ganaba sus fuerzas.

Cuando los areneros lo encontraron en ese estado, lo echaron de allí y le tiraron un tapabocas al rostro. Se alejó arrastrando los pies. Pensó en ir al hospital, la falta de aire ya comenzaba a molestarlo y creyó que no alcanzaría a llegar. El miedo a la muerte lo consumía más que la fiebre, no quería morir sin devolverle la casa a su mujer.

La ropa húmeda y sucia parecía pesarle demasiado. Intentaba orientarse hacia el hospital donde alguna vez fue operado del apéndice, después creyó que era mejor volver a la pensión y entregarle a la dueña el dinero que llevaba encima, pero desechó la idea con rabia.

La tos salía de los pulmones agotados y le quitaba el poco aire que le quedaba. Recordó la llamada de su hermana, y pensó que ella no era tan mala, que estaba arrepentida de su abandono. Entró a una cafetería en busca de un teléfono y sacó del bolsillo del pantalón la libretica donde tenía anotado su número. ¿Doris? ¿Sí, yo con quién? Con Ramón, su hermano. Es que estoy un poco enfermo… Ramón no pudo decirle más. ¿Qué le pasa? Del otro lado se oía la voz angustiada de la mujer. Necesito ir a su casa, es que no tengo adonde ir. El silencio de la hermana se le clavó en su mente febril. Ella dijo impaciente: ¿Su casa y su mujer? No la tengo sino a usted… ¿me recibe mientras me recupero? Atinó él. Sí, claro, pero es que… tengo que consultarlo con Jorge, él es muy fregado.

El tendero lo amenazó con llamar a la policía si no se iba. Ramón lo miró sin expresión, pero la rigidez de los músculos de las piernas solo le sirvió para caer derrumbado sobre una silla. El delirio de la calentura lo sumió en la ilusión de que volvía a su casa con una mujer que tenía un hábito blanco, pero carecía de ojos. Diez minutos después recobró la conciencia, y mostró al tendero la dirección de su hermana. Sus oídos fueron aturdidos por sirenas de ambulancias lejanas que no lo auxiliaban.

Fue dejado en la entrada de la casa de su hermana por el joven domiciliario de la tienda. Intentó rasguñar la madera de la puerta mientras le salía un agónico Hermana, hermanita. La fiebre y la falta de aire lo vencieron. Su cuerpo flotaba sin dolor. El delirio, que no lo abandonaba desde hacía dos días, lo llevó a una casita llena de jazmines, lo emborrachaban con su olor dulce, y su esposa lo acariciaba mientras él soltaba un último aliento por su boca reseca. Una penumbra azulina lo envolvía en un instante eterno entregándolo al anhelo de volverla a tener entre sus brazos.


*Trabajadora social de la Universidad de Caldas. Es especialista en Derechos Humanos, y Magister en Educación de la Universidad Católica. Su trayectoria laboral la desempeñó en La Defensoría del Pueblo Regional Caldas y ICBF.

 

jueves, 14 de diciembre de 2023

Andate pa´la ciudá. Cuento de Martha Lucía Londoño Carvajal, seleccionado para la Antología Relata 2021

 

Andate pa’la ciudá

Martha Lucía Londoño Carvajal*

[Taller Vecinas del Cuento, Manizales]

 

El despertador agitó mi sueño con su eco de músico amanecido. Los rayos del sol entraban por las rendijas de la ventana y encandilaban con su luz. No podía abrir bien los ojos. Me levanté tembloroso, tropecé con el cajón que estaba junto a la cama. Quería salir del encierro, tirar­me en la playa y atisbar los veleros alejarse, pero era sábado y tenía que ir al ensayo con el grupo. Tita decía que no desperdiciara mi talento animando las parrandas del pueblo, no se daba cuenta de que ni ella ni yo podíamos vivir sin los pesos que recibía en la taberna.

El dinero que pagaban era poco, debía repartirlo con mis com­pañeros de grupo: Mireya y el Chichi. Los fines de semana la gente del pueblo bailaba al son de nuestra música. Mireya cantaba y tocaba las maracas, el Chichi la guitarra y yo el cajón peruano. Quería irme de Sa­pzurro, pero si la plata no alcanzaba para mis gastos ni para los de Tita, mucho menos para viajar a la capital.

Esa mañana apuré los tragos y me puse la pinta para salir. El ensayo con el grupo era a las nueve de la mañana, por la tarde teníamos la pre­sentación en la taberna del viejo Helí. Apenas terminé de tomar el café que me sirvió Tita, busqué el cajón para darle brillo y dejarlo listo. Ella me miró y, alzando su voz, me dijo:

—Roque, te vaj a volvé un borrachín como tu padre.

—Ay, viejita, si nunca estoy jincho, solo bebo unos rones para dar­le duro al cajón.

—Mandá ese cajón pa’ la mierda o te acabás las manos.

—¡Mamita, no diga eso! Mejor oiga cómo suena.

—Andate pa’la ciudá, a esos cachacos sí que les gusta tu sonsone­te. Aquí te morís de hambre.118

Agarré el cajón y cerré la puerta. Dejé a Tita sola con su cantaleta. Caminé sin afán hasta la cantina. Iba distraído. Escuché el golpe de las olas contra la roca y me acordé del músico que llegó al pueblo con su cajón peruano. Era un instrumento que no conocíamos en Sapzurro. El hombre era un bacán, me mostró el hueco en la madera y me dijo que por esa boca salía el gemido de sus canciones. Se sentó sobre el cajón y comenzó a dar toques y a palmotear en la madera. Mis manos se mo­vieron al ritmo del repique, se me aceleraron los latidos del corazón.

Quedé tan obsesionado con el cajón que, una tarde, cuando Tita no estaba, abrí un hueco redondo en el centro de la caja de madera. Ella la usaba como banco. Me senté en la orilla, separé las piernas y comencé a darle golpes. Ensayé sonidos con los movimientos de las manos: las deslizaba con toques ligeros o manoteaba al ritmo de alguna canción que recordaba. Sentía palpitar hasta las fibras de la madera. Encendía la radio y me pasaba horas probando, en el cajón, los ritmos que escucha­ba. Hacía ejercicios con los dedos y las manos. Después de dar golpes y golpes, me uní a la banda del pueblo para animar las parrandas de los sábados. Ahí viene Roque El Morocho, ya tenemos yuca pa’ gozá, decían en la taberna y se burlaban de mi cajón.

Llegué al ensayo, mis compañeros del trío no estaban. El dueño bajó a abrir la taberna. Ombe, Roque, me cogió la locha, dijo el viejo Helí mientras se fumaba un puro. Acomodé el cajón debajo de la mesa y le pedí un café. Comenzó a sonar la música en la rockola, las canciones me animaron a fantasear con Mireya. Creí ver cuando nos presentába­mos en un teatro de la capital, ella con las maracas y yo con mi cajón. El público aplaudía y se ponía de pie, reclamaba más y más música. El premio que nos merecemos. Imaginé a Mireya feliz entre mis brazos. Así, sin darme cuenta, se pasó el tiempo haciendo planes para viajar con ella. En ese momento, el viejo Helí silbó y cambió la música. Sacudí la cabeza y abrí los ojos. No había nadie en las mesas.

Alcancé a escuchar los tañidos de la campana en la Iglesia de Cristo, eran las diez cuando llegó el Chichi con la guitarra. Más tarde entró Mireya con un vestido rojo de boleros que relucía en su piel morocha. Ella tenía una sonrisa que iluminaba la taberna, tocaba las maracas con tanta gracia que el viejo Helí le daba todo lo que ella pedía. Nunca le cobraba.

Mireya y el Chichi acercaron las sillas, ordené otro café mientras ellos se tomaban su jugo de borojó. Después ensayamos en la bodega 119

que estaba en la parte de atrás de la taberna, allí sudamos interpretando canciones hasta que el hambre nos acosó. Nos despedimos del viejo Helí y fuimos a buscar el almuerzo. Mientras caminábamos por la playa, le conté a Mireya el sueño que tuve antes del ensayo. Ella sonrió. Me dijo que ni creyera que iba a triunfar con ese cajón en la capital porque la gente del interior no entiende nuestra música.

En el almorzadero ocupamos la única mesa disponible. Pedimos sancocho de pescado. Mientras nos servían la sopa, se acercó un señor y nos preguntó si podía almorzar con nosotros. Le corrí una silla y se sen­tó a mi lado. El hombre se llamaba Fernán, era gestor de eventos mu­sicales. Entre charla y charla, le conté que pensábamos viajar a Panamá a una gira musical, pero ese día las nubes anunciaron tempestad y no pudimos salir de Sapzurro. Entonces nos presentamos ante un grupo de turistas que estaba en la playa. Al día siguiente fuimos a Capurganá, allí nadie se interesó por nuestra música.

Fernán llegó a Sapzurro en busca de pelaos del pueblo que tuvie­ran talento para la música. Lo miré emocionado y le dije que mi sueño era ser artista, por eso quería irme de Sapzurro, mi pueblo, un caserío olvidado en el que no había donde estudiar ni escenarios para presen­taciones artísticas. En la capital tendría más oportunidades de triunfar. Fernán se ofreció para llevarnos a Medellín, nos hizo una propuesta tentadora y luego nos dijo:

―Ni siquiera tienen que pensarlo, les aseguro que ganarán mucho dinero.

―Yo me quedo en mi pueblo. No me voy con un cachaco por cual­quier peso.

―Nos dejás solos a Roque y a mí… No joda.

―Eche, si me vas a pegar no me regañés ―le dijo el Chichi a Mireya. Él se levantó y salió sin despedirse. Ni siquiera probó el sancocho.

¡Triunfar en Medellín! No lo podía creer. Si el Chichi no quiere ir, pues le digo a Mireya que se vaya conmigo. Le mostré a Fernán el cajón con las cuerdas que le había puesto. Parecía tan sorprendido que toqué un vallenato y le pedí a Mireya que me acompañara. El hombre se notaba emocionado. Nos dijo que le gustaba el dúo y el entusiasmo que le poníamos a la música.

Mireya y yo llegamos a la taberna, el Chichi no apareció. Fernán venía con nosotros, le hizo un guiño a Mireya y la abrazó. Ella arrugó la frente. Después de un corto ensayo entramos al tablado. Los amantes 120

de la bebida y las guarichas comenzaron a llenar el local con su alboro­to. En la pista se improvisaron las parejas, comenzó el foforro. Algunos hombres, desde sus puestos, brindaban por las chicas que bailoteaban sobre las mesas. Gritos y chillidos iban en aumento. Probé a calmar su euforia con redobles de bullarengue urabaense.

Las mujeres se sentaron para escuchar la música. Mireya me mi­raba cada vez que los hombres pedían canciones y ritmos en los que la guitarra marcaba el compás. Hicimos ajustes para complacerlos. Las palmas de mis manos se agrietaron con los repiques, mis articulaciones estaban tensas, sometidas a los golpes. No podía detenerme. En punti­llas, como si quisieran olvidar el dolor, los dedos de la mano izquierda se me deslizaron una y otra vez mientras la derecha golpeaba con fuerza la madera.

Un hilo de sangre se escurrió por el cajón hasta dejar su huella en el piso. Mis dedos humedecidos se resistían a repicar, las manos per­dieron fuerza y el sonido de la madera se fue haciendo débil. Escuché rechiflas. Olvidé el dolor y toqué con más fuerza, no me atormentaron las manos ensangrentadas ni las manchas de la camisa. La madera atraía mi piel, mi cuerpo vibraba. Seguí tocando sin parar. Una extraña sen­sación de venganza me impulsaba a continuar. Tal vez, era mi rebeldía frente a los que se burlaban de mi cajón. Quería demostrarles que con esa simple caja de madera podía sobresalir como artista.

A la mañana siguiente, convencí a Mireya para que viajáramos con el músico a Medellín. Aún no me recuperaba de las heridas en las ma­nos y el viaje estaba programado para el miércoles siguiente a la pre­sentación en la taberna. Tendría poco tiempo para curarme. El dolor no me dejaba dormir, le pedí a Tita que me hiciera emplastos en las heridas. Ella agachó la cabeza cuando le conté que me iba de Sapzurro. Se encerró en su pieza. Después me buscó para darme un rollito de billetes, repitió una y otra vez: Roque, andate pa’la ciudá.

El miércoles el despertador sonó a las cinco de la mañana. Alisté mis cosas y las dejé junto a la puerta. Tita me esperaba en la cocina, tomé los tragos que me preparó. Nos abrazamos sin decir nada. Salí en silencio, cerré la puerta, no me atreví a mirar la casa, allí estaba Tita escondiendo su llanto. A ella la cuidarían los vecinos. Caminé solo por la playa, las lágrimas de Tita parecían ir metidas en la caja de madera.

Cuando llegué al almorzadero, encontré a Fernán tomándose un ron. Pedí un café mientras llegaba Mireya. Otro ron para Fernán y ni 121

rastros de mi amiga. Las mujeres siempre se hacen esperar. Acabé mi café y Mireya no llegó. Nos vamos, dijo Fernán y se montó en la lancha, me recibió el cajón y la maleta. Me remangué el pantalón para demo­rarme unos segundos con la ilusión de ver a Mireya. Ya resignado a no verla, me senté en el cajón; atrás quedaba la estela de espuma que se desvanecía en el mar.

Mientras navegábamos hacia Capurganá, pensaba en el momento de subir al avión siguiendo los pasos de Fernán. Él me dejará sentar junto a la ventanilla para ver mi pueblo desde arriba. Apretaré los pár­pados. Y es que pasará mucho tiempo sin que vuelva a pisar descalzo la arena de la playa, no escucharé el murmullo de las caracolas ni el sonido de las olas cuando rebotan y juegan a esfumarse. El ruido del motor de la lancha me despertó.

Cuando llegamos al muelle, nos montamos en el único transporte que había en Capurganá para ir al aeropuerto. El carretillero dijo que había conocido a un músico con un cajón igual al mío. Me preguntó cómo diablos sonaba esa cosa. El hombre arrió el caballo y se fue sin escuchar la música.

*Martha Lucía Londoño Carvajal

Arquitecta manizaleña, constructora de mitos, sueños, utopías. Proyecta la luz y la sombra de la imaginación con trazos de realidad.

Hace parte del taller Vecinas del Cuento, Manizales.

CONCIERTO PARA AMADEO. Cuento seleccionado por Casa Creativa en su edición Cuentos cortos para esperas largas, 2023

 

Concierto para Amadeo

 Martha Lucía Londoño Carvajal*


 

La música me ponía en un estado de

entumecimiento muy agradable, un poco singular.

Parecía como si todo se inmovilizara,

salvo el latir de las arterias; como si la vida

hubiera huido de mi cuerpo y fuera muy bueno estar tan cansado.

Marguerite Yourcenar, Alexis o el Tratado del inútil combate

Violines, chelos y contrabajos de la Orquesta de Cámara interpretan “Las cuatro estaciones” del compositor italiano Antonio Vivaldi. Amadeo lee el programa de mano mientras camina hasta la segunda fila, cerca del escenario. Deja la gabardina de invierno en la silla del lado y se sienta en la que está junto al pasillo. Quedan pocos puestos vacíos. Saca el celular, mira el reloj, faltan unos minutos para las siete y Jota aún no llega. La sala se oscurece.

En el allegro del inicio las notas agudas de los instrumentos de cuerda penetran los oídos de Amadeo. Cierra los ojos, se deja llevar por la melodía, su cuerpo vibra. Lleva el compás con movimientos ligeros de los pies mientras imita con las manos al director de la orquesta. Fija la mirada en los violines, imagina los arcos rompiendo las cuerdas, alterando la obra musical. Piensa en su vida mientras mira el escenario. El pelo corto de la solista lo distrae.

Ve reflejada, en esa mujer, su cara de niño lindo: pelo dorado, nariz respingada, mirada de hielo. Los niños se burlaban: Eres una de esas… él se tapaba los oídos, prometía desquitarse. Aturdido revive la voz grave de su padre: Te enseñaré a ser como yo... Amadeo sacude la cabeza. Recoge la gabardina, la acerca a su nariz… la loción de Jota, percibe la caricia distante de la tela impermeable. Pasan por su mente imágenes de los treinta y tantos años viviendo juntos.

Siente el golpe de los arcos contra las cuerdas de la viola. Esa palabra estremece su cuerpo, no supo defenderse del hombre que desnudó su inocencia. Escucha el violín que toca la solista. En medio del silencio de la sala, busca el celular, escribe un mensaje a Jota inspirado en las notas tristes de los instrumentos de viento. La orquesta anuncia tormenta. Los violines imitan el sonido del trueno, aceleran los arcos que relampaguean para indicar el final de la primavera. Piensa en los cosméticos de la mamá. Amadeo desfilaba frente al espejo con falda corta, blusa de seda bordada con lentejuelas, zapatos de tacón alto. Una sonrisa iluminaba su cara, creía que, tal vez, esa era la felicidad.

La temperatura sube con los acordes de la música. Percibe esa sensación de pesadez, de aturdimiento que se siente en verano. La orquesta en pleno presagia el fin del movimiento.

El celular timbra, la gente mira, hace gestos de reproche. Amadeo se levanta, va hasta el vestíbulo, sus dedos bailotean mientras devuelve la llamada. Buzón de mensajes. Desesperado envía un audio con la voz de intimidad que le despierta la música. Jota no responde. Amadeo apaga el celular y regresa a la sala con la cabeza agachada. En el

IX Concurso Cuentos cortos para esperas largas

movimiento rápido de los violines escucha el gemido del viento cuando sacude las nubes, cuando atrae la lluvia, cuando aleja las pasiones.

Al final del concierto, recoge la gabardina, la pone sobre los hombros y sale a la calle. Su nariz se resiente: la ciudad exhala un vapor de niebla, oculta la gente, los edificios se esfuman, las luces ensombrecen los árboles de la avenida. Amadeo envuelve la bufanda en el cuello y se pone los guantes de cuero. Si Jota respondiera el mensaje… tomaríamos unas copas, baile, tangos, otra noche de placer, comezón en el cuerpo, piensa agitado. No, no, Jota no me dejaría sentir el frío del invierno, se dice mientras camina.

Los taxis pasan llenos, ninguno para. Son las nueve, la noche avanza. Las luces de los relámpagos titilan en la montaña mientras el horizonte se pierde en la penumbra. Amadeo vaga por las calles al ritmo de la tormenta.


*Martha Lucía Londoño Carvajal

Arquitecta manizaleña, constructora de mitos, sueños, utopías. Proyecta la luz y la sombra de la imaginación con trazos de realidad.

Hace parte del taller Vecinas del Cuento, Manizales.

martes, 12 de diciembre de 2023

Una lección del gran Cervantes

 

«Yo que siempre me afano y me desvelo  

por parecer que tengo de poeta,

la gracia que no quiso darme el cielo»

 

(Cervantes)

sábado, 4 de noviembre de 2023

Nos visita de nuevo la maravillosa y original poesía del escritor manizaleño John Hoyos

 

LAS LUMINARIAS

Para Mavy, allá... en los fríos aires de Chicago.

 

"Y Dios dijo: que haya luz."

 

Las luminarias son las muchachas más chismosas de la ciudad.

Transnochadoras ellas,

trabajan las veinticuatro horas del día,

para deleite de planificadores urbanos

y tormento de los habitantes de las poblaciones.

 

Descendientes directas de las teas cavernarias

alegan ser las más aristócratas

del amueblamiento citadino.

Dicen ser, por ello, de sangre azul.

Cuando el día se entrega

al mortal abrazo de la noche,

ellas levantan sus párpados,

como persianas verticales,

para empezar su labor.

 

Enemigas acérrimas de la penumbra,

no hay rincón, recodo ni resquicio

que escape a su empeño esclarecedor.

 

Testigas de todo cuanto sucede a su alrededor,

ni un detalle se salva de su reveladora mirada.

 

Conoce los horarios de todos los moradores de la cuadra:

cuando llega el vecino ebrio,

la hora del salto por la ventana de la adolescente enamorada

y cuántos son los maleantes que brincan la reja de seguridad.

 

Una canción de mi tierra dice:

"En la esquina de una plaza

había un faro-farolito

que alumbraba a las parejas

cuando se daban besitos."

Entonces los muchachos de mi generación

declaramos a las farolas

objetivos militares.

Les rompíamos el alma

con certeros proyectiles impulsados por caucheras.

Alarmadas las autoridades

empezaron a cambiarnos las hondas

por esferas de cristal.

Pero, recursivos nosotros,

utilizábamos las canicas como munición.

Los amantes furtivos nos pagaban por cada luminaria

dada de baja.

Así podían practicar, con tranquilidad y deleite,

sus artes amatorias.

 

Son las luminarias,

sin lugar a dudas y además de lengüilargas,

las chicas más elegantes de la urbe.

Siempre erguidas y bien paradas

llevan adornos de metalistería en sus alargados cuerpos,

se inclinan con reverencia ante las calles

y sus múltiples formas

desconciertan a los geómetras.

 

En tiempos pasados,

sobre La Quiebra del Guayabo,

muy nombrada calle de Manizales,

de las farolas colgaban materas florecidas

como si fueran antiguos camafeos.

 

Su capacidad de trabajo se mide en bujías, equivalentes a una vela.

Así pues, ellas son un perpetuo ocho de diciembre para el iluminado niño de Belén.

 

Los criminales las odian,

no los dejan trabajar en paz.

Los ladrones les gritan: ¡Sapas!

Ellas no entienden eufemismos,

las tendrían que llamar "delatoras judiciales",

para mayor claridad

y corrección política.

 

Cuando la claridad besa las calles

ellas bajan los párpados

para su pretendido descanso.

No se llamen a engaño

los pobladores de las polis:

las luminarias siguen mirando,

su labor de corre- ve y diles

es las veinticuatro horas del día.

Las únicas personas

que aprecian a las farolas

son los ciegos.

Ellas les ayudan en su inacabable estado de oscuridad.

 

Las luminarias son,

en definitiva,

las muchachas más chismosas de la ciudad.

 

John Hoyos

Manizales