viernes, 3 de julio de 2026

Poemas de Cristina Peri Rossi: "Erótica" y "Viaje"

 ERÓTICA

Cristina Peri Rossi

 

Tu placer es lento y duro

viene de lejos

                     retumba en las entrañas

como las sordas

sacudidas de un volcán

dormido hace siglos bajo la tierra

y sonámbulo todavía

 

Como las lentas evoluciones de una esfera

en perpetuo e imperceptible movimiento

                     Ruge al despertar

despide espuma

arranca a los animales de sus cuevas

arrastra un lodo antiguo

y sacude las raíces

 

Tu placer

lentamente asciende

envuelto en el vaho del magma primigenio

y hay plumas de pájaros rotos en tu pelo

y muge la garganta de un terrón

extraído del fondo 

como una piedra.

                     Tu placer, animal escaso.

 

VIAJE

Cristina Peri Rossi

 

Mi primer viaje

fue el del exilio

quince días de mar

sin parar

la mar constante

la mar antigua

la mar continua

la mar, el mal


Quince días de agua

sin luces de neón

sin calles sin aceras

sin ciudades

solo la luz

de algún barco en fugitiva


Quince días de mar

e incertidumbre

no sabía adónde iba

no conocía el puerto de destino

solo sabía aquello que dejaba


Por equipaje

una maleta llena de papeles

y de angustia

los papeles

para escribir

la angustia

para vivir con ella

compañera amiga


Nadie te despidió en el puerto de partida

nadie te esperaba en el puerto de llegada


Y las hojas de papel en blanco enmoheciendo

volviéndose amarillas en la maleta

maceradas por el agua de los mares


Desde entonces

tengo el trauma del viajero

si me quedo en la ciudad me angustio

si me voy

tengo miedo de no poder volver


Tiemblo antes de hacer una maleta

—cuánto pesa lo imprescindible—

A veces preferiría no ir a ninguna parte

A veces preferiría marcharme

El espacio me angustia como a los gatos

Partir

es siempre partirse en dos.


Cristina Peri Rossi (Montevideo, 12 de noviembre de 1941) es una escritora, traductora y activista política uruguaya exiliada en España durante la dictadura uruguaya en 1972 y residente en Barcelona, donde ha desarrollado la mayor parte de su carrera literaria. En 2021 fue galardonada con el Premio Miguel de Cervantes.

Cuentos de Alejandro Zambra y Eduardo Galeano para analizar el uso del narrador

 

Los ojos de los entierros*

Alejandro Zambra


(Un cuento donde el narrador autodiegético en la primera persona funciona como el testigo que cede el relevo de la mirada al padre en la última frase) 

Mi abuela decía que la gente se muere cuando la olvidan. Era una frase común, una frase hecha, pero ella la decía con una convicción que daba miedo. Pasó sus últimos años sentada en el living, mirando fotos viejas, ordenándolas no por fechas sino por el grado de parentesco o de afecto. Decía que estaba haciendo el inventario final, para que nadie se perdiera.

Al final, cuando ya casi no veía, nos pedía que le describiéramos las fotos. "Quién es el que está al lado del tío Juan", preguntaba. Y nosotros inventábamos nombres o decíamos la verdad, según el ánimo del día. Ella asentía, aliviada, como si al nombrar a los muertos les estuviéramos prolongando la vida unos minutos más.

El día que murió, encontramos bajo su almohada una foto pequeña, rota en las esquinas. No era de la familia. Era la imagen de un desconocido, un hombre joven vestido de militar, de una época que no nos pertenecía. Nadie sabía quién era. Mi tía quiso botarla a la basura, pero mi padre se la quitó de las manos y la guardó en su billetera. "Si ella lo guardó, es por algo", dijo. Y desde entonces, ese desconocido sigue vivo en el bolsillo de mi padre, salvado por un azar que nadie en la casa comprende.


*Cuento incluido en su libro 'Facsímil', que aborda la memoria, la pérdida y la vejez desde una estructura fragmentada.



Celebración de la voz humana /2**

Eduardo Galeano (de El libro de los abrazos)

 

Tenían las manos atadas o esposadas y, sin embargo, los dedos danzaban. Los presos estaban encapuchados: pero, inclinándose, alcanzaban a ver algo, alguito, por abajo. Aunque hablar estaba prohibido, ellos conversaban con las manos.

Pinio Ungerfeld me enseñó el alfabeto de los dedos, que en prisión aprendió sin

profesor:

Algunos teníamos mala letra —me dijo—. Otros eran unos artistas de la

caligrafía.

La dictadura uruguaya quería que cada uno fuera nada más que uno, que cada uno fuera nadie; en cárceles y cuarteles y en todo el país, la comunicación era delito.

Algunos presos pasaron más de diez años enterrados en solitarios calabozos del tamaño de un ataúd, sin escuchar más voces que el estrépito de las rejas o los pasos de las botas por los corredores. Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, condenados a esa soledad, se salvaron porque pudieron hablarse, con golpecitos a través de la pared. Así se contaban sueños y recuerdos, amores y desamores: discutían, se abrazaban, se peleaban; compartían certezas y bellezas y también compartían dudas y culpas y preguntas de esas que no tienen respuestas.

Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada.


**Cuento incluido en el  libro Los abrazos.