Los ojos de los entierros*
Alejandro Zambra
Mi abuela decía que la
gente se muere cuando la olvidan. Era una frase común, una frase hecha, pero
ella la decía con una convicción que daba miedo. Pasó sus últimos años sentada
en el living, mirando fotos viejas, ordenándolas no por fechas sino por el grado
de parentesco o de afecto. Decía que estaba haciendo el inventario final, para
que nadie se perdiera.
Al final, cuando ya
casi no veía, nos pedía que le describiéramos las fotos. "Quién es el que
está al lado del tío Juan", preguntaba. Y nosotros inventábamos nombres o
decíamos la verdad, según el ánimo del día. Ella asentía, aliviada, como si al
nombrar a los muertos les estuviéramos prolongando la vida unos minutos más.
El día que murió,
encontramos bajo su almohada una foto pequeña, rota en las esquinas. No era de
la familia. Era la imagen de un desconocido, un hombre joven vestido de
militar, de una época que no nos pertenecía. Nadie sabía quién era. Mi tía
quiso botarla a la basura, pero mi padre se la quitó de las manos y la guardó
en su billetera. "Si ella lo guardó, es por algo", dijo. Y desde
entonces, ese desconocido sigue vivo en el bolsillo de mi padre, salvado por un
azar que nadie en la casa comprende.
*Cuento incluido en su libro 'Facsímil', que aborda la memoria, la pérdida y la vejez desde una estructura fragmentada.
Celebración de la voz humana /2**
Eduardo Galeano (de El libro de los abrazos)
Tenían las manos atadas o esposadas y, sin
embargo, los dedos danzaban. Los presos estaban encapuchados: pero, inclinándose, alcanzaban a ver algo, alguito, por abajo. Aunque
hablar estaba prohibido, ellos conversaban con las manos.
Pinio Ungerfeld me enseñó el alfabeto de los
dedos, que en prisión aprendió sin
profesor:
—Algunos teníamos mala letra —me dijo—. Otros
eran unos artistas de la
caligrafía.
La dictadura uruguaya quería que cada uno fuera
nada más que uno, que cada uno fuera nadie; en cárceles y cuarteles y en todo
el país, la comunicación era delito.
Algunos presos pasaron más de diez años enterrados
en solitarios calabozos del tamaño de un ataúd, sin escuchar más voces que el
estrépito de las rejas o los pasos de las botas por los corredores. Fernández
Huidobro y Mauricio Rosencof, condenados a esa soledad, se salvaron porque
pudieron hablarse, con golpecitos a través de la pared. Así se contaban sueños y recuerdos, amores y desamores: discutían, se
abrazaban, se peleaban; compartían certezas y bellezas y también compartían
dudas y culpas y preguntas de esas que no tienen respuestas.
Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad
de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella
habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque
todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser
por los demás celebrada o perdonada.
**Cuento incluido en el libro Los abrazos.
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