viernes, 3 de julio de 2026

Cuentos de Alejandro Zambra y Eduardo Galeano para analizar el uso del narrador

 

Los ojos de los entierros*

Alejandro Zambra


(Un cuento donde el narrador autodiegético en la primera persona funciona como el testigo que cede el relevo de la mirada al padre en la última frase) 

Mi abuela decía que la gente se muere cuando la olvidan. Era una frase común, una frase hecha, pero ella la decía con una convicción que daba miedo. Pasó sus últimos años sentada en el living, mirando fotos viejas, ordenándolas no por fechas sino por el grado de parentesco o de afecto. Decía que estaba haciendo el inventario final, para que nadie se perdiera.

Al final, cuando ya casi no veía, nos pedía que le describiéramos las fotos. "Quién es el que está al lado del tío Juan", preguntaba. Y nosotros inventábamos nombres o decíamos la verdad, según el ánimo del día. Ella asentía, aliviada, como si al nombrar a los muertos les estuviéramos prolongando la vida unos minutos más.

El día que murió, encontramos bajo su almohada una foto pequeña, rota en las esquinas. No era de la familia. Era la imagen de un desconocido, un hombre joven vestido de militar, de una época que no nos pertenecía. Nadie sabía quién era. Mi tía quiso botarla a la basura, pero mi padre se la quitó de las manos y la guardó en su billetera. "Si ella lo guardó, es por algo", dijo. Y desde entonces, ese desconocido sigue vivo en el bolsillo de mi padre, salvado por un azar que nadie en la casa comprende.


*Cuento incluido en su libro 'Facsímil', que aborda la memoria, la pérdida y la vejez desde una estructura fragmentada.



Celebración de la voz humana /2**

Eduardo Galeano (de El libro de los abrazos)

 

Tenían las manos atadas o esposadas y, sin embargo, los dedos danzaban. Los presos estaban encapuchados: pero, inclinándose, alcanzaban a ver algo, alguito, por abajo. Aunque hablar estaba prohibido, ellos conversaban con las manos.

Pinio Ungerfeld me enseñó el alfabeto de los dedos, que en prisión aprendió sin

profesor:

Algunos teníamos mala letra —me dijo—. Otros eran unos artistas de la

caligrafía.

La dictadura uruguaya quería que cada uno fuera nada más que uno, que cada uno fuera nadie; en cárceles y cuarteles y en todo el país, la comunicación era delito.

Algunos presos pasaron más de diez años enterrados en solitarios calabozos del tamaño de un ataúd, sin escuchar más voces que el estrépito de las rejas o los pasos de las botas por los corredores. Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, condenados a esa soledad, se salvaron porque pudieron hablarse, con golpecitos a través de la pared. Así se contaban sueños y recuerdos, amores y desamores: discutían, se abrazaban, se peleaban; compartían certezas y bellezas y también compartían dudas y culpas y preguntas de esas que no tienen respuestas.

Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada.


**Cuento incluido en el  libro Los abrazos.




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