domingo, 20 de febrero de 2022

Tips para mejorar nuestra narrativa: 7. LOS DIÁLOGOS (1)

 Seguimos aprovechando la generosidad del portal Ciudad Seva del escritor LUIS LÓPEZ NIEVES (https://ciudadseva.com/texto/instrucciones-para-escribir-cuentos-o-novelas/) y repasemos los consejos prácticos que nos ofrece para mejorar nuestra narrativa.

Recorramos hoy el siguiente aparte (7 ) de Pura Literatura: 

7.Diálogos

 

Consideraciones técnicas

Los diálogos normalmente se marcan con rayas. 

Tamaño de las rayas:  

Hay varios tamaños de rayas. En general, yo diría que básicamente están la corta, la mediana y la grande.

¿Cuál raya debe usarse para los diálogos de los cuentos o novelas? No importa. Usa la que prefieras. Cuando se trata de tus manuscritos, realmente da igual.

Cuando llega el momento de publicar el libro, cada editorial ya tiene su estilo y preferencias. Usarán para tu libro la raya que utilizan para todos sus libros.

En mis textos (en mi computadora) prefiero poner la raya mediana, ni muy larga ni muy corta, simplemente por razones estéticas. La larga me parece que desperdicia mucho espacio y la corta me parece demasiado corta. Pero, repito, es solo para uso personal, en mi computadora, porque la editorial, como ya dije, usa la raya que sus artistas gráficos prefieren.

Cuando un texto se va a publicar en Internet, como en el caso de Ciudad Seva, el problema es que las rayas largas y medianas a veces no salen bien; el lector solo ve basurilla digital (un montón de signos locos), en vez de la raya. Por eso, cuando es una publicación puramente digital, como el caso de los cuentos de Ciudad Seva, lo preferible es usar la raya pequeña, que es la que está en el teclado (normalmente a la derecha del 0). Esta raya pequeña es la más confiable porque nunca se distorsiona.

 

Por otra parte, el diálogo se compone de dos partes: el diálogo mismo y las acotaciones. Una acotación es una nota que explica la acción, el pensamiento, el espacio circundante, la apariencia física o el estado emocional de los personajes. Veamos el siguiente ejemplo:

-¿Ya compraste el auto?

-Ayer.

-¿Y te gusta?

-¿Realmente te importa?

Al leer lo anterior, nos parece que la persona que pregunta “¿Y te gusta”?  lo hace de manera normal, por curiosidad. Y luego nos da la impresión de que la otra persona le contesta en un tono impertinente o malcriado al preguntar: “¿Realmente te importa?” Sin embargo, las acotaciones pueden cambiar por completo el sentido de un diálogo. Veamos ahora:

-¿Ya compraste el auto?

-Ayer.

-¿Y te gusta? -pregunta Ester, altanera.

-¿Realmente te importa? -contesta José, temeroso.

En los primeros dos párrafos no hay acotaciones. Solo diálogo. Los párrafos tercero y cuarto incluyen acotaciones que modifican radicalmente la lectura. Ahora nos enteramos de que Ester está enojada y de que José tiene una actitud temerosa.

Decir “¿Realmente te importa?” en tono altanero o temeroso obviamente no es lo mismo. Y muchas veces la acotación es la única manera de comunicar esta diferencia.

Es decisión del autor incluir o no incluir acotaciones en sus diálogos.

 

Bien, ya conocemos los aspectos técnicos de las rayas y las acotaciones. Así que pasemos a los criterios literarios que rigen la creación de diálogos.

 

 

Usar oraciones cortas, directas, al grano

Los poemas épicos (La ilíada, El mío Cid, etc.) se destacan por los larguísimos monólogos de sus personajes. Durante varias páginas hablan y hablan de manera incansable, solemne y pomposa. Asimismo ocurre con el teatro del Siglo de Oro español, en que personajes como Segismundo, de La vida es sueño, de pronto declaman larguísimos monólogos reflexivos.

El diálogo moderno es diferente porque busca la naturalidad. En la vida real normalmente hablamos en frases cortas, al grano y con elipsis. Y así deben ser los diálogos de tu narración. Por supuesto que hay excepciones. De vez en cuando hay personajes que hablan y hablan y hablan. Pero si deseas utilizar a un personaje que hable mucho debes estar seguro de que su diálogo tenga algún elemento (cómico, original, sorprendente, morboso, reflexivo, filosófico, etc.) que realmente fascine al lector. O que su largo parlamento contenga información esencial para la obra. De lo contrario, será insufriblemente aburrido.

No basta solamente con que las oraciones sean cortas. Si no se manejan bien, el diálogo con frases cortas también puede resultar aburrido.

 

Véase el siguiente diálogo que para un lector del siglo XXI el ejemplo es una tortura insufrible. Seguramente le darán ganas de tirar el libro contra la pared.

-Hola.

-Hola.

-¿Cómo estás?

-Bien, ¿y tú?

-No me quejo.

-Ah, me alegro.

-¿Quieres un café?

-No quiero ser una molestia.

-No es molestia.

-Pues bien, gracias.

-¿Con leche?

-Sí, gracias.

-¿Y azúcar?

-Sí, también. Gracias.

-¿Azúcar blanca o morena?

-Cualquiera. Me da igual.

-¿Cuántas cucharaditas?

-Solamente dos, gracias.

-¿Y qué te trae por acá?

 

Claro, en cierta medida reproduce fielmente conversaciones de la vida real. Con frecuencia hablamos en esta forma. Pero crear diálogo no es cuestión de reproducir el habla diaria. En ese caso cualquier persona podría escribir diálogo porque le bastaría con grabar una conversación al azar y luego ponerla por escrito. Pero los escritores no somos grabadoras. El arte del diálogo consiste en crear un balance; es decir, un diálogo que suene natural, pero que ha sido trabajado literariamente para mantener la tensión narrativa y no aburrir.

 

Una versión más efectiva del diálogo anterior sería algo así:

-Ah, Pedro, ¡tanto tiempo! ¿Te tomas un café?

-Sí, claro, con gusto.

-¿Y qué te trae por acá?

Con estas tres intervenciones (en vez de las 19 anteriores) basta para que el personaje pueda empezar a contestar “qué lo trae” a la casa de su amigo.

 

Elipsis

Al dialogar utilizamos la elipsis. Veamos un ejemplo pésimo:

Un hombre pasa por la carretera en su automóvil. Ve a una mujer de pie, al lado de un carro. El hombre detiene su auto y nota que el de la mujer tiene una llanta vacía:

-Hola, señorita, buenos días.

-Buenos días.

-¿Tiene una goma vacía?

-Sí, caballero.

-Ah, pues con mucho gusto voy a ayudarla. Estacionaré mi auto al otro lado de la carretera.

-Gracias, señor.

El hombre estaciona el carro y camina hasta la mujer:

-¿Tiene usted gato, señorita?

-No sé si tengo gato. Es que no sé nada sobre autos. Lo siento mucho.

-No hay problema, señorita, entonces por favor abra el baúl.

-Como no, caballero.

En este ejemplo sobran palabras. En realidad, parece un diálogo de telenovelas, donde todo se dice y se redice de forma ampulosa. Pero pensemos en la vida real, porque el diálogo debe ser natural. En ese caso, tal vez sería algo así:

 

Un hombre pasa por la carretera en su automóvil. Ve a una mujer de pie, al lado de un carro. El hombre detiene su auto y nota que el de la mujer tiene una llanta vacía:

-Hola, ¿tienes gato?

-Perdona, es que no sé nada sobre carros.

-Un momento.

El hombre estaciona el carro y camina hasta la mujer:

-Por favor, abre el baúl para ver si tienes gato.

-Sí, claro, muchas gracias.

 

Ahora el diálogo suena más natural porque va al grano y utiliza la elipsis.

 

La elipsis es la omisión voluntaria de un segmento de nuestra oración que el lector (u oyente) puede inferir. Los siguientes son ejemplos clásicos (y obvios) de elipsis verbales:

 

-Dime con quién andas…

-Más vale pájaro en mano…

-Al buen entendedor…

 

Cuando omitimos el resto de una de estas frases, el lector comprende lo que queremos decir. Sabe que terminan con “y te diré quién eres”, “que cien volando” o “con pocas palabras bastan”. Por eso, en nuestra cultura, a menos que estemos hablando con niños, basta con decir: “Ahora estás sin dinero. Debiste coger los diez mil pesos cuando te los ofrecieron. Más vale pájaro en mano…”

Al dialogar, usamos la elipsis continuamente. De hecho, desde el momento en que nos saludamos usamos la elipsis. Un saludo muy común es “¿Qué tal?” ¿Qué significa “qué tal”? En realidad no significa nada, es una oración incompleta. El saludo correcto y completo sería “¿Qué tal estás hoy?” o “¿Qué tal te encuentras hoy?” Pero hubo un momento en que la segunda mitad de la oración dejó de hacer falta. A todo el mundo le bastaba con escuchar “¿Qué tal?” para saber lo que se le preguntaba. Y “¿Qué tal?” se convirtió en una elipsis. Algo similar ocurrió con la palabra “adiós”. Al principio, al despedirnos, decíamos “Te encomiendo a Dios”. Y pasaron los siglos. Y llegó el momento en que algún escritor, lingüista o vago comprendió que bastaba con “adiós” para que el receptor comprendiera el mensaje.

Ahora que sabemos lo que es la elipsis, es fundamental utilizarla en el diálogo. Al hablar usamos la elipsis porque apoyamos nuestras palabras con gestos faciales, movimientos con las manos o corporales… y hasta con silencios.

Si estoy con un amigo en una calle con muchos restaurantes, y escojo al fin dónde quiero comer, es probable que le diga:

-Vamos.

Y que luego indique con una mano o con la mirada el restaurante al que quiero ir. No es necesario que diga:

-Ah, Miguel, luego de estar aquí parados cinco minutos, he optado por comer en el Restaurante Las Delicias, ese que tenemos al otro lado de la calle, ligeramente a la derecha, como a treinta metros de distancia, con la fachada verde y las puertas blancas.

Un diálogo como el anterior nos indica, de inmediato, que el autor es un principiante… o un escritor con poco talento.

 

Voz propia

 

Cada personaje debe tener voz propia; o sea, hablar de un modo particular. Idealmente, en nuestra novela o cuento debería llegar el momento en que el lector sepa quién habla sin que el narrador tenga que decirlo. Esto se logra por el nivel cultural del personaje, su vocabulario, sus muletillas, su sentido del humor, su sintaxis o cualquier otro elemento que lo destaque. En la novela Don Quijote, de Cervantes, llega un momento, bastante temprano en la obra, en que al leer un diálogo sabemos de inmediato si habla don Quijote o Sancho Panza.

Es importante esta diferencia porque todo lector, consciente o inconscientemente, sabe que una abuelita de 80 años de edad no habla como su nieta de 15. Es un defecto que todos los personajes hablen iguales. Los escritores principiantes frecuentemente cometen el error de poner a todos los personajes a hablar de la misma manera, con el mismo sentido de humor, la misma sensibilidad, los mismos comentarios irónicos, el mismo arrojo, el mismo sarcasmo, etc. Con frecuencia la forma de hablar de los personajes es la misma del autor. Este es un enorme defecto.

 

Lenguaje fonético

No recomiendo el uso del lenguaje fonético (“abogao” en vez de “abogado”). Es irritante y difícil de leer. Además, no es auténtico. Por lo general se usa el lenguaje fonético para representar el habla de campesinos, personajes urbanos pobres, criminales, etc. Pero ¿son ellos los únicos que se saltan letras o sílabas al hablar? Nadie, en ningún país, pronuncia absolutamente todas las letras cuando habla. A veces, incluso, pronuncian las letras de manera diferente. Muchos españoles pronuncian la D final como Z. Dicen que viven en “Madriz” o que han dicho toda la “verdaz”. Y los puertorriqueños tendemos a pronunciar algunas R como L, de modo que decimos “puelto” o “comel”.

Si realmente queremos reproducir de manera fonética el habla de un personaje, tendríamos que hacerlo con todos los personajes de nuestro libro, desde el más pobre hasta el más rico, desde el menos educado hasta el catedrático más prestigioso. Por eso no tiene sentido hacerlo, salvo en excepciones. En la literatura siempre hay excepciones.

 

Regionalismos

Sobre 20 países hablan español en el mundo, somos unos 500 millones de hispanohablantes. Si escribes con los regionalismos de tu país, los lectores de los otros no te entenderán. Hoy día quedan muchas obras clásicas que se escribieron originalmente con regionalismos. Ahora se leen en las escuelas o universidades solo porque son lectura obligada. Pocos lectores van a una librería a comprar estas obras por placer. Durante una época estuvieron de moda, pero ahora es normal que las ediciones de estos libros incluyan glosarios en la parte de atrás para poder comprender el texto. En mi experiencia, a pocas personas les gusta leer libros con glosarios. Por eso no creo que sea buena idea escribir con regionalismos. Si consideras indispensable utilizar algunas palabras para ambientar tu texto, vale, pero en ese caso no abuses. Haz como Juan Rulfo, que usa pocos regionalismos para “sazonar” sus textos, pero los utiliza de manera que un lector no mexicano, por el contexto, puede deducir el significado (sin utilizar un glosario). Asimismo, ocurre con Gabriel García Márquez. Es puramente colombiano, nadie lo duda, sin embargo, cualquier persona que conozca la lengua española comprende sus libros sin problemas. Esa es la clave.

Como en casi todo lo relacionado con la literatura, hay excepciones. Grandes escritores argentinos, como Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, escribieron en el lunfardo argentino que ya se conoce ampliamente en el entorno hispanohablante. De todos modos, no es difícil, para quien lo lee por primera vez, comprender que “vos” significa “tú” y que algunas palabras, como el imperativo, se acentúan de forma diferente.

 

¿Quién habla?

 

Es fundamental escribir el diálogo con claridad, de modo que el lector sepa, en cada instante, quién habla. Hay autores que no desean utilizar acotaciones; como resultado, hay momentos en que el lector se pierde, no sabe quién habla. Esta es una situación que se debe evitar. Cuando hablan solo dos personas quizás no sean tan importantes las acotaciones. Si uno de los personajes es femenino (Juana) y el otro masculino (Gabriel), es bastante sencillo dejar claro quién habla. Por ejemplo:

-Estoy enfurecida.

-¿Qué ocurre?

-Mario se cree que soy estúpida.

-¿Qué te hizo?

-Gastó todo el dinero sin decirme nada.

-Comprendo. Yo me pondría furioso.

En el ejemplo de arriba, de inmediato sabemos que es Juana la que comienza la conversación con Gabriel, porque dice “enfurecida”. Siempre podemos saber quién habla porque solo uno de ellos usa el femenino. Pero si son dos mujeres o dos hombres los que conversan, ya no se puede utilizar este recurso. Tal vez usaríamos los nombres. Supongamos que hablan Juana y Emilia:

-Estoy enfurecida, Emilia.

-¿Qué ocurre?

-Mario se cree que soy estúpida.

-Pero ¿qué te hizo, Juana?

-Se gastó todo el dinero, sin decirme nada.

-Te comprendo. Yo me pondría furiosa.

Además del género y el nombre, podemos usar muchos otros recursos para indicar quién habla, como el nivel cultural, vocabulario, muletillas, sentido del humor o la sintaxis particular del personaje.

El asunto se complica bastante cuando hablan más de dos personajes. Puede prestarse a mucha confusión si no está claro, en todo momento, quién habla cuando se trata, digamos, de un grupo de seis personas en una mesa. En estos casos es fundamental tomar pasos para garantizar que el lector no se pierda. Será casi inevitable usar acotaciones para constantemente indicar “dijo Emilia”, “exclamó Gabriel”, “se quejó Juana”, etc. Si no se usan acotaciones, de alguna manera el autor debe asegurarse de que los lectores sepan qué está pasando. De lo contrario, el diálogo será un caos.

 

Información para el lector

 

Al escribir diálogo nos proponemos reproducir la forma natural en que las personas conversan entre sí. Veamos el siguiente ejemplo:

En un centro comercial se encuentran una chica y un cuarentón:

-Hola, doctor Rivera, profesor mío de Historia en la Universidad Acme, ¿cómo está usted?

-Qué tal, Flavia González, discípula mía y amiga de Gladys, estoy bien, gracias. ¿Y tú?

-Bien. Como toda chica de 19 años, ando buscando una tienda para comprar ropa porque esta blusa roja que llevo puesta ya no me gusta.

-Ah, me ocurre igual con esta corbata azul de puntos blancos que llevo puesta, y que en realidad ya está vieja.

En este ejemplo he exagerado un error común entre los escritores principiantes. El error se llama “información para el lector”. Los personajes dialogan de manera artificial porque el narrador, de manera poco hábil, ha querido ofrecerle al lector información sobre los personajes. Esta no es la manera de hacerlo. Ningún estudiante va a saludar a un profesor e indicarle qué clase toma con él ni dónde. Ambos lo saben, a menos que el profesor tenga miles de estudiantes, trabaje en varias universidades o esté senil.

Cuando las personas dialogan, no se dicen cosas que ambos saben. No dicen “Hola, te saludo aquí en San Juan”, porque ambos ya saben que están en San Juan. Asimismo, el profesor no va a contestar con nombre y apellido. El autor de este ejemplo quiso que el lector supiera que Rivera es profesor de Historia en la Universidad Acme y que la estudiante se llama Flavia González. Pero lo hizo de manera torpe. Luego, la muchacha dice su edad y describe el color de su blusa. El profesor no es ciego. Puede ver que la blusa es roja y que ella la lleva puesta. Y la muchacha tampoco es ciega. No hay que decirle el color y diseño de la corbata. Basta con mostrarla. Toda esta información es un disparate y destruye el diálogo, que queda como un mero ejercicio de aficionado. Lo básico de este diálogo es lo siguiente:

En un centro comercial se encuentran una chica y un cuarentón:

-Hola, doctor Rivera.

-Qué tal, Flavia, ¿cómo estás?

-Bien. Buscando una blusa nueva porque esta ya no me gusta.

-Ah, me ocurre igual con mi corbata. Ya está vieja.

Si el autor considera indispensable comunicarle al lector, en este momento del cuento o la novela, la información del primer ejemplo, deberá buscar otra manera de hacerlo. Puede integrar la información en el diálogo, pero de manera natural. O puede dar la información en la breve introducción. O puede decirla por medio de acotaciones. Puede usar todos estos recursos o una combinación de ellos. Por ejemplo:

En un centro comercial se encuentran Miguel Rivera, cuarentón, y la joven Flavia González.

-Hola, doctor Rivera.

-Qué tal, Flavia, ¿cómo estás? -le responde el profesor a su estudiante de Historia de la Universidad Acme.

-Bien. Buscando una blusa nueva porque esta ya no me gusta.

-Ah, me ocurre igual con mi corbata -el profesor agarra su corbata azul de puntos blancos-. Ya está vieja. Pero esa blusa roja te queda bien. Mi hija de 19 años tiene una similar y me parece linda.

-Yo conozco a Gladys. Somos amigas. ¿Ella no se lo ha dicho?

Habría miles de maneras de comunicar esta información. En el ejemplo anterior solo ofrezco una. Tras una breve introducción para ubicar al lector, por medio de un diálogo natural y de acotaciones concisas comunicamos la misma información que se intentó transmitir de manera torpe en el primer ejemplo.

 

Consejo final

 

Además de leer explicaciones teóricas, como esta que has leído ahora, obviamente la manera más sencilla de aprender a escribir diálogo es por medio de la lectura de cuentos y novelas con diálogos magistrales. Yo añadiría que también es bueno leer teatro, el cual consiste casi 100% de diálogo. Y no solo el teatro moderno es efectivo para aprender buen diálogo. Hay obras clásicas, como El avaro, de Molière, que sorprenden por la modernidad de sus diálogos ágiles y eficaces.


viernes, 11 de febrero de 2022

Tips para mejorar nuestra narrativa: 5. Concreto versus abstracto. 6. Demasiada precisión

Seguimos aprovechando la generosidad del portal Ciudad Seva del escritor LUIS LÓPEZ NIEVES (https://ciudadseva.com/texto/instrucciones-para-escribir-cuentos-o-novelas/) y repasemos los consejos prácticos que nos ofrece para mejorar nuestra narrativa.

Recorramos hoy los dos siguientes apartes (5 y 6) de Pura Literatura: 


5. Concreto versus abstracto

 

Cuando narramos, lo hacemos con el objetivo de que el lector “vea” lo que contamos. Queremos colocarlo en medio de la acción para que la sienta, para que se sumerja en ese mundo ficticio que estamos inventando. Por eso debemos contar de manera concreta, no abstracta.

Veamos el siguiente ejemplo:

La persona conducía su vehículo mientras comía. De golpe vio a un animal en medio de la vía. Desvió el vehículo y chocó contra un obstáculo. Se escuchó un ruido estrepitoso.

Se supone que el lector haya recibido una imagen clara de lo que ocurre, de la acción. Pero este párrafo deja al lector perplejo. ¿Por qué? Con varias preguntas puedo demostrar el problema. Contéstate estas preguntas:

  1. ¿Quién conducía el vehículo? ¿Hombre o mujer? ¿Joven o mayor?
  2. ¿Qué tipo de vehículo conduce? ¿Motocicleta, auto deportivo, auto de cuatro puertas, camión, remolque, tanque de guerra?
  3. ¿Qué comía? ¿Tortilla, salchicha, hamburguesa, paella, pizza, lasaña, una barra de chocolate?
  4. ¿Qué animal se cruzó en el camino? ¿Un gato, un perro, una vaca, un león, un elefante, una víbora, Bambi?
  5. ¿En qué tipo de vía iba la persona? ¿Camino rural oscuro, carretera, autopista iluminada?
  6. ¿Contra qué chocó? ¿Otro carro, un camión, un árbol, una roca, una nave espacial?
  7. ¿Cómo fue el sonido que se escuchó? ¿Un grito de mujer, un disparo, un cañonazo, el impacto de un auto contra otro, el mugido de una vaca?
  8. ¿Es de día o de noche?

Son tantos los defectos del párrafo citado, que en realidad es un párrafo inútil. No cumple ninguna función excepto confundir y desesperar al lector. Aquí he marcado los errores:

La persona conducía su vehículo mientras comía. De golpe vio a un animal en medio de la vía. Desvió el vehículo y chocó contra un obstáculo. Se escuchó un ruido estrepitoso.

Aunque el párrafo solo incluye cuatro oraciones breves, contiene una cantidad intolerable de errores serios.

Al contar, debemos darle al lector todos los elementos necesarios para que pueda hacerse una imagen clara de lo que contamos. Quizás no hay que resolver cada uno de los ocho problemas; algunos datos pueden quedar para más adelante o tal vez no hagan falta. Pero, al verlos todos juntos, nos damos cuenta de que el párrafo no dice nada.

Mi sugerencia es la siguiente: mientras escribes un texto, o cuando lo revisas, piensa que se trata de las instrucciones para el productor de una película. La cinta se rodará dentro de pocos días y el productor necesita prepararlo todo. Eres el director de la cinta y viene adonde ti, desolado, porque acaba de leer el guión. ¿Qué te preguntará? Pues las mismas ocho preguntas que puse arriba. ¿A cuál de los muchos actores debe llamar para filmar la escena? ¿Qué tipo de vehículo debe alquilar? ¿Qué comida quieres que compre? ¿Qué tipo de animal debe alquilar? ¿En qué tipo de carretera se filmará la escena? ¿Contra qué chocarán? ¿Qué efecto especial necesitas para el famoso “ruido”? Y, por último, necesitará saber si hay que preparar luces para filmar de noche o si la escena es de día.

No somos directores ni productores de cine, pero somos narradores y debemos narrar de forma concreta, de modo que nuestros lectores no se queden perplejos.

 

Debemos ser concretos porque el lector no puede leer tu mente. Si deseas que “vea” algo, debes mostrarlo por medio de la palabra. No tienes que enumerar, pieza por pieza, cada ángulo del vehículo. No tienes que describir en detalle lo que come. Si come lasaña, no tienes que decir con cuántos quesos fue cocinada. No es cuestión de exagerar hasta el aburrimiento. Pero tienes la obligación de narrarle al lector una imagen visual (y auditiva) clara de la escena que le quieres contar.

La narración abstracta es un defecto. Queremos narrar de la manera más concreta posible. Por tanto, una de las muchas maneras en que se podría escribir el párrafo es la siguiente:

Esa noche la adolescente de largo pelo negro conducía su carro descapotado mientras se comía un pedazo de queso suizo. De golpe vio a un enorme caballo blanco en medio de la avenida. Desvió su auto deportivo y chocó contra un camión de reparaciones eléctricas. Se escucharon los estrepitosos gritos de los obreros electrocutados.

Aunque se supone que sea el mismo párrafo, la escena que ahora “ve” y “escucha” el lector es muy diferente porque incluye datos concretos.

6. Demasiada precisión

 

La mayor parte de las veces no es necesario (ni prudente) ser demasiado precisos cuando narramos. Es necesario, por supuesto, ser concretos y darle al lector la información que necesita para “ver” la escena que estamos contando… pero hay que evitar el exceso. Veamos el siguiente párrafo de una escena en que una detective entra furtivamente, de noche, a la oficina oscura de un sospechoso:

La detective Pérez se dobló hacia el frente y buscó en un archivo que estaba al lado del escritorio color caoba, con bordes plateados, de 74 centímetros de alto y 110 centímetros de ancho. Con la mano izquierda abrió la gaveta y con los dedos de la mano derecha empezó a separar las carpetas. Durante ocho minutos miró los nombres y los apellidos de 115 pacientes. Luego giró el cuerpo completo hacia la izquierda, de frente a la puerta, y la miró durante 20 segundos, sin moverse. Luego dio 15 pasos hasta la salida, agarró el pomo plateado de la puerta con la mano derecha, la giró hacia la izquierda, haló la cerradura y abrió la puerta. Entonces salió de la oficina y con la mano izquierda apagó la linterna de mano roja que siempre llevaba en la cartera.

En este ejemplo (tomado de un ejercicio real) podemos identificar una cantidad alarmante de datos innecesarios que alargan la narración y aburren al lector.

No es necesario decir que se dobló hacia el frente. Dentro del contexto, es obvio. No se va a colocar de espaldas al archivo y doblarse hacia atrás.

 

Cuando se lleva a cabo una acción ordinaria, no es obligatorio especificarla. Si por alguna misteriosa razón la protagonista decide colocarse de espaldas al archivo, pararse encima del archivo, arrodillarse frente al archivo o buscar dentro de la gaveta de cualquier otra manera que no sea la normal, entonces hay que explicar. ¿Por qué decidió brincar encima del archivo y, desde una posición incómoda, buscar dentro de la gaveta? Esto hay que justificarlo narrativamente para que sea verosímil. ¿Es acróbata, extraterrestre, loca?

Pero, cuando la acción es ordinaria, no hay que contarla con detalles excesivos.

Veamos otros ejemplos:

Si una mujer policía entra a buscar una carpeta en un archivo, no hay que describir en detalle el color, la altura y el ancho del escritorio que está al lado. Si hay alguna razón especial para describirlo, pues se describe. Pero para una escena breve como esta, en la que solo hay una búsqueda rápida dentro de una gaveta, la descripción es innecesaria porque no aporta nada a la trama.

No es necesario decir que abrió la gaveta con la mano izquierda ni que usó los dedos de la mano derecha para separar las carpetas. Con decir que empezó a leer los nombres en las carpetas es suficiente. A menos que la detective esté herida, tenga un brazo fracturado, sea manca o tenga algún otro problema con las manos, no es necesario tanto detalle.

Suena demasiado matemático decir que durante ocho minutos exactos leyó nombres y apellidos de 115 pacientes. Primero, da la impresión de que el narrador está contando la historia con un cronómetro en la mano. ¿Por qué tanta precisión? Tampoco hay que decir que leyó “nombres y apellidos”. Es evidente. Basta con decir “nombres”. Además, al decir “115 pacientes”, igual da la impresión de que el narrador tiene alguna obsesión con las matemáticas.

Arriba dice que “giró el cuerpo completo hacia la izquierda”. ¿Aporta algo a la trama esta precisión? ¿Hay que decir “a la izquierda”? ¿Cambia la trama si la detective gira a la derecha? Además, cuando se gira el cuerpo, naturalmente es el cuerpo completo, a menos que se trate de la protagonista de una película de horror o de contorsionistas. Por tanto, es evidente. No hay que decir “completo”.

Al decir 20 segundos y 15 pasos, nuevamente da la impresión de que el escritor está cronometrando la acción de la trama, lo cual le resta naturalidad a la narración.

Se indica que la protagonista agarró el pomo “plateado” con la “mano derecha”, la “giró a la izquierda”. Y apagó la linterna con la “mano izquierda”. Nuevamente, la pregunta que debemos hacernos es: qué aporta a la trama que el pomo sea plateado o dorado, la mano con que fue agarrado, hacia dónde se giró y la mano con que la detective apagó su linterna.

Estos son ejemplos de exceso de precisión, lo cual aburre mucho al lector porque lo obliga a leer un montón de sandeces innecesarias.

A menos que sea fundamental para la trama, es mejor usar términos más “humanos” y menos “matemáticos”. En vez de “ocho minutos” se puede decir “durante varios minutos”, “un buen rato”, “pocos minutos”, etc. O se puede decir “sintió que habían transcurrido ocho minutos y que ya debía salir”. Pero decir “ocho minutos”, a secas, suena como una competencia olímpica y no como una narración literaria.

 

Por último, hay veces en que, debido al exceso de información, dejamos fuera detalles realmente importantes que harán dudar al lector. Por ejemplo, al final del párrafo nos enteramos de que la detective se iluminaba con una linterna de mano. Pero este dato ahora nos resulta contradictorio. Si ella abría tal gaveta con una mano y luego usaba la otra mano, ¿dónde llevaba la linterna? ¿En la boca?

Una redacción más efectiva del ejemplo anterior podría ser la siguiente:

La detective Pérez se colocó la linterna de mano en la axila y buscó en el archivo que estaba al lado del escritorio. Abrió la gaveta y empezó a separar las carpetas. Durante breves minutos miró los nombres de más de cien pacientes. Luego giró hasta colocarse de frente a la puerta y la miró durante varios segundos, sin moverse. De pronto, con muy pocos pasos, llegó hasta la puerta, abrió y salió de la oficina. Apagó la linterna roja que siempre llevaba en la cartera.


sábado, 5 de febrero de 2022

Tips para mejorar nuestra narrativa. 3. Clichés o lugares comunes. 4. ¿Cuál es el conflicto?

 

Aprovechemos la generosidad del portal Ciudad Seva del escritor LUIS LÓPEZ NIEVES (https://ciudadseva.com/texto/instrucciones-para-escribir-cuentos-o-novelas/) y repasemos los consejos prácticos que nos ofrece para mejorar nuestra narrativa.

Recorramos hoy los dos siguientes apartes (3 y 4) de Pura Literatura:

3. Clichés o lugares comunes

Los gustos literarios cambian. Y el uso de los adjetivos es uno de los recursos que más varían en la literatura: cada época tiene los suyos. Cuando leemos a autores de finales del siglo XIX como José Martí o Rubén Darío, ya sabemos que los grandes hombres serán “beneméritos, ínclitos, insignes, preclaros, hidalgos, próceres”, etc. Son los adjetivos de moda.

Asimismo, cuando escuchamos música popular ya sabemos que la mujer será blanca como la “nieve, marfil, mármol”, etc. Se amará siempre con “locura, pasión, delirio, frenesí”, etc. Los labios serán de “rubí, sangre, granate, carmesí”, etc. Los dientes serán “perlas, nácar”, etc. Los corazones estarán “destrozados, rotos, partidos, reventados”, etc. Y los ojos verdes serán “esmeraldas”, los azules serán “como el cielo” y los negros serán “azabache o carbón”.

Estos son símiles o metáforas. El problema consiste en que estas imágenes se gastan y envejecen. Si hoy, en el siglo XXI, escribes un cuento y dices que tu personaje es un “ínclito varón” o una “benemérita dama”, pues el texto sonará muy envejecido.

Asimismo, si describes en un cuento a una mujer y dices que su cuerpo parece una guitarra o un reloj de sol y que su pelo es negro azabache o rubio como el oro… pues estarías usando imágenes viejas y muy gastadas; por tanto, cursis.

A estas imágenes se les llama “clichés” o “lugares comunes”.

El problema es que son imágenes tan repetidas y conocidas que ya no aportan nada a la literatura. En vez de añadirle a un texto, le restan. En vez de ayudar a un autor, lo desprestigian. Cuando me llega un texto con uno de los clichés mencionados arriba, de inmediato sé que se trata de un autor principiante o poco disciplinado o ignorante o falto de talento.

Al escribir, se supone que utilicemos la originalidad. Decir que una mujer es blanca como la nieve no tiene ninguna originalidad.

Por tanto, lo primero que debe hacer un escritor es exterminar de su mente, con una bomba nuclear, todos los lugares comunes que ha leído durante su vida.

Segundo, antes de usar una imagen el escritor debe estar seguro de que no está gastada, de que no es vieja, de que no la ha usado ningún autor de siglos pasados ni ningún compositor de música popular. En vez de decir, por ejemplo, “tu ausencia me parte el corazón”, que es un cliché espantoso, debe encontrar una manera más creativa para decir lo mismo. Esta es una de las razones por las que un escritor debe leer mucho. Quizás se le ocurre una imagen y piensa que se ha inventado la metáfora más original del universo. Pero si fuera un gran lector, podría descubrir que alguien la inventó antes y es un cliché.

Tercero: lo anterior es difícil. No es fácil encontrar imágenes nuevas, originales. En ese caso, dilo de manera literal porque las imágenes no son obligatorias. Si lo único que te viene a la mente son clichés, entonces no uses ninguna imagen. En vez de decir “era blanca como la nieve”, di “era blanca”. No estás usando imágenes. Estás siendo literal. No es malo ser literal. Es malísimo, muy malo, usar un lugar común. Lo literal es escritura directa, por lo general agradable y efectiva. En cambio, el cliché es una mancha que te destruye el cuento o la novela. Un solo lugar común te puede matar una novela completa. No estoy exagerando.

Por último, ya sabemos que en la literatura hay muchas excepciones a las reglas. Los clichés existen y hay veces en que los autores los usan, pero lo hacen de manera consciente y con un claro objetivo artístico, no por ignorancia.

Uno de los usos, por ejemplo, es en el diálogo. Aunque los escritores evaden los lugares comunes al narrar, la verdad es que la gente los utiliza con frecuencia en la lengua oral. Por tanto, si uno de nuestros personajes es un don o una doña que habla con mucho cliché, pues será necesario colocarlos en los diálogos de los personajes. El don o la doña dirá “está lloviendo a cántaros” o “mi hija es blanca como la nieve”. Pero no es el narrador quien lo dice, sino el personaje.

Otra excepción es cuando un autor decide jugar con el cliché para llevarlo en otra dirección. El argentino Manuel Puig trabaja con el lugar común verbal y temático en novelas como Boquitas pintadas y El beso de la mujer araña, entre otras. En Argentina (y luego en California), hace unos años publiqué un cuento en que juego con el cliché “corazón hecho pedazos”. Puedes ver el cuento aquí: “Los pedazos del corazón“.


 4. ¿Cuál es el conflicto?:

Sin conflicto no hay cuento ni novela.

Para que un texto pueda llamarse “cuento” o “novela” debe tener un conflicto. El texto puede ser una narración hermosa, espectacular, única… y mucho más. Pero no es un cuento ni una novela si no tiene conflicto.

Veamos un fragmento de la novela La regenta, de Clarín:

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles…

En este largo fragmento se describe una ciudad. Punto. No hay conflicto de ningún tipo. De esta misma manera el autor puede continuar durante cinco, cincuenta, cien o mil páginas. Mientras solo describa a la ciudad, a los personajes, al paisaje, etc., el texto podrá llamarse “estampa”, “memoria”, “impresión”, “anécdota”, “leyenda”, “mito”, “biografía”, “crónica”. “epístola”, “poema en prosa” o cualquier otra cosa, pero no será cuento ni novela.

Podemos hablar, por ejemplo, de “estampas” campesinas, urbanas, rurales, industriales, etc. Una estampa campesina puede consistir de veinte páginas que describen la vida en el campo. Se explica cómo son las casas, las camas, la comida, la rutina de trabajo, etc. Pero no hay más. No hay un conflicto central. La estampa es un retrato que no tiene el objetivo de crear un cuento o una novela.

Un conflicto puede ser épico. Puede involucrar a varios países o al mundo entero. Puede conllevar la transformación o muerte de muchos millones de seres humanos. Un ejemplo sería una novela sobre la invasión de Rusia por parte de Alemania con 4.5 millones de soldados, y la muerte de 26 millones de rusos como resultado de la invasión.

O el conflicto puede ser mucho menor, bastante cotidiano, como el hecho de que a un niño se le pierda su juguete favorito o que una mujer tenga una piedra en su zapato.

Al fragmento de Clarín, usado arriba, se le podría hacer un cambio menor para convertirlo en el comienzo de una novela o cuento. Veamos:

La heroica ciudad dormía la siesta, sin que ninguno de sus vecinos se hubiera percatado del fuego que comenzó en la sacristía y ya se extendía hasta los bancos de madera de la iglesia, chamuscaba la puerta principal y reptaba hasta los establos abarrotados de paja y heno. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo… 

Al añadirle un conflicto al texto inicial de Clarín, ya lo hemos convertido en el comienzo de un cuento o de una novela porque ya hay un conflicto: la ciudad podría quemarse.

Veamos otro ejemplo. Coloco aquí un resumen:

Papá compró un carro nuevo. Invitó a toda la familia a visitar el campo. Salieron papá, mamá y las dos hijas adolescentes. Por el camino vieron montañas muy bonitas. Planicies muy bonitas. Llegaron a una finca en el campo. Vacas, bueyes, cerdos, gallinas. Allí estaban los miembros de la familia. Abuela, abuelo, tíos, tías, primos, primas, etc. Eran unas 30 personas. Cocinaron un lechón a la vara. Comieron comida típica. Tomaron ron y cerveza y jugos diversos. Jugaron dominó. Oh, la pasaron muy bien. Fue un día bonito. Toda la familia muy contenta. Al atardecer, papá, mamá y las dos muchachas regresaron a la capital. Fue un viaje largo y agotador, pero llegaron felices a la casa. Habían disfrutado de un hermoso domingo familiar.

Lo resumido en este ejemplo es una trama, pero no de un cuento. ¿Por qué no es cuento? Porque no hay conflicto. Puede ser una estampa campesina, una crónica, parte de unas memorias o de una biografía, una anécdota, pero no es un cuento.

Hagamos un cambio pequeño. Digamos que, al rato de llegar a la finca, una de las hijas de papá le pide a una prima de la misma edad que se vayan a hablar debajo de un árbol que queda retirado de la fiesta. Allá le dice, en secreto y bastante preocupada, que está embarazada. Hablan un poco más. Luego vuelven a la fiesta. Todo lo demás podrá continuar igual, pero ya tenemos el comienzo de un cuento. Hay un conflicto. Y, claro, según se desarrolle el resto del texto, sabremos al fin si esa confesión era el conflicto principal del cuento o si se quedará en la mera anécdota.

En resumen: un texto que pretenda ser “cuento” o “novela”, pero que no tenga conflicto, es un texto defectuoso.

Por último, como ya he dicho antes en estas notas, los autores siempre buscan retos. La regla del conflicto está escrita en piedra y es irrompible. Pero, en el caso de buenos escritores que saben lo que hacen, hay cuentos que pueden dar la impresión de no tener conflicto. Pero no es cierto. Son conflictos muy sutiles, pero existen.