Un
ingeniero estructural (sin diploma) en la galería
La
plaza de mercado es mi patio de recreo, mi hábitat natural, mi restaurante y
muchas cosas más. Conozco sus recovecos,
sus callejones, sus antros tenebrosos y ninguno de sus lugares me es extraño.
Me son
familiares los rostros del vendedor de tinto, de la verdulera, la meretriz, el
reciclador, el travesti, el jíbaro y detecto a metros las personas que llegan
de otra parte.
Para
mí es música el pregón del "mango dulce abonado con azúcar y fumigado con
miel de abejas", la canción de la piña a tres por cinco mil, la yuca como
la nieve y la papa de Murillo.
Me
asombra la estructura circular del pabellón de las carnes, el infinito surtido
de cachivaches del Cambalache y el aroma de las ramas del puesto de La Mona.
Debido
al aciago terremoto decidí hacer una inspección con ojos de ingeniero
estructural.
Recorrí
los tres pabellones y el domo de los
carniceros. Quedé abismado: ni una sola grieta en las columnas. Parecen
el culito de un recién nacido. Nada de fachadas desmoronadas, como si el
terremoto no tuviera nada que ver con ellas. Que elegancia de ingeniería, no le
envidian nada a las construcciones modernas y eso que ya casi cumplen cien
años.
Manizales
tiene Plaza de Mercado para mucho tiempo.
Jhon
Hoyos
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