martes, 21 de julio de 2026

Reseña crítica de "Las gratitudes" de Delphine de Vigan




 Las gratitudes de Delphine de Vigan

Reseña crítica colectiva

Documento consolidado a partir de los trabajos de los grupos como práctica del Taller "Junta literaria – Leer para escribir"


Uno piensa que tendrá tiempo de decir las cosas,  y cuando se quiere dar cuenta ya es demasiado tarde.


¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. la expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda?

 

1. Sobre la autora

Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) es una de las voces más destacadas y penetrantes de la narrativa francesa contemporánea. Maestra en la exploración de las zonas grises del dolor humano, los vínculos afectivos y la memoria, la autora pertenece a una estirpe de narradores que trabajan desde la honestidad brutal, la autoficción y la literatura del yo.

Su trayectoria está marcada por el reverso de la trama y la indagación de sus propias vivencias: desde el abordaje de la anorexia en su debut Días sin hambre (publicado bajo seudónimo), pasando por la exclusión social en No y yo (2007), la radiografía del acoso laboral en Las horas subterráneas (2009), hasta su consagración internacional con Nada se opone a la noche (2011), una descarnada investigación sobre la bipolaridad y el suicidio de su madre. Tras explorar la manipulación en Basada en hechos reales (2015) y la hiperexposición infantil en redes sociales en Los reyes de la casa (2021), De Vigan consolida en Las gratitudes (2019) su estilo característico: una prosa limpia, quirúrgica y despojada de adornos, capaz de anatomizar las patologías sociales e individuales con la precisión de un bisturí.

 


 

2. Sobre la obra

Las gratitudes es una novela corta (novella) de apenas diez capítulos que se sitúa en un cruce de caminos formal muy característico de la literatura de la intimidad y los afectos.

  • El título como paratexto: El título funciona en plural como una categoría ética y un imperativo existencial. No habla de un agradecimiento abstracto, sino de la acumulación de gestos, deudas morales y actos de amor concretos que sostienen la vida humana.
  • Contexto y motivación: La obra nace de una urgencia existencial: la necesidad de reconocer a quienes nos salvaron o transformaron la vida antes de que el tiempo y la muerte cancelen las palabras.
  • Coordenada geopolítica y epocal: Se despliega en el cambio de siglo, marcado por la globalización, la digitalización agresiva, la precarización del bienestar europeo y la fragmentación de los relatos colectivos.
  • El espacio y sus geografías: La historia se mueve entre el plano general de un París urbano, hostil e indiferente, y el microcosmos del centro de acogida o geriátrico. La habitación de la protagonista deja de ser un lugar de mero confinamiento para convertirse en un confesionario, un refugio y el último reducto de resistencia de la memoria. Paralelamente, se reconstruye un mapa invisible: la Francia ocupada de los años cuarenta durante la Segunda Guerra Mundial y el régimen de Vichy, donde la infancia de la protagonista quedó marcada por el trauma del Holocausto.
  • Sintonía con contemporáneos: La obra dialoga estéticamente con el faro de Annie Ernaux (la memoria íntima como hecho político), Emmanuel Carrère (la disolución de fronteras entre documento y ficción), Virginie Despentes (la decadencia de los lazos sociales) y Maylis de Kerangal (la precisión técnica del lenguaje médico al servicio del drama humano).

3. Resumen de la obra

La novela narra los últimos meses de vida de Michka Seld, una anciana culta que fue correctora de textos profesional y que ahora enfrenta un deterioro irreversible por la afasia. Al perder progresivamente la autonomía, busca refugio en un centro de acogida donde experimenta insomnio, delirios y el aislamiento de la vejez.

Sin embargo, a Michka la sostiene una misión urgente: encontrar a Nicole y Henri, la pareja que la acogió y la salvó de la persecución nazi entre 1942 y 1945 cuando era una niña judía, para expresarles un agradecimiento que ha postergado durante más de setenta años. A través de la mediación de Marie —su joven vecina a quien Michka protegió en su infancia— y de Jérôme —el logopeda del geriátrico—, se teje una red de acompañamiento basada en el respeto irrestricto hacia la dignidad del otro. La obra es un mosaico sobre la fragilidad del tiempo, el derecho a la soberanía personal y la reconciliación con el pasado antes del silencio definitivo.

 

4. El cómo (las técnicas narrativas)

El engranaje técnico de Las gratitudes radica en la sobriedad y en la brillante deconstrucción del lenguaje. De Vigan huye del melodrama y del sentimentalismo barato mediante una serie de variables quirúrgicas:

  • El uso del narratario como contrato moral: El libro abre con un apóstrofe directo al lector ("¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias?"). Esta interpelación inicial construye un narratario activo, despojando al texto de una lectura meramente pasiva y estableciendo desde la primera página un encuadre ético sobre la gratitud y la deuda moral que orienta el resto del relato.
  • Estructura polifónica y juego de narradores: La obra se levanta sobre una estructura de voces alternas y focos de atención diversos. Marie narra desde la experiencia íntima, el afecto y la culpa de no haber agradecido lo suficiente, enlazando su relato con su propio proceso de maternidad; Jérôme narra en primera persona desde su papel profesional de logopeda, aportando una mirada terapéutica sobre la afasia y sus propios conflictos de perdón familiar.
  • De forma muy breve e intermitente, irrumpe un narrador heterodiegético/omnisciente a modo de "puente" para rescatar la mente de Michka en sus momentos de soledad nocturna, revelando los miedos y el terror a ser expulsada que ya no puede expresar.
  • La deconstrucción del lenguaje, poética del error y afasia vs. dislexia: La gran audacia estilística de la novela es mimetizar el deterioro lingüístico en la sintaxis. De Vigan altera la gramática, inventa neologismos fonéticos y recurre a las parafasias (sustitución de palabras por otras de sonido o grafía similar). Es importante señalar una distinción técnica: mientras la afasia clínica implica la pérdida o incomprensión severa del lenguaje, la autora recrea el tropiezo de Michka con una lógica más cercana a la dislexia (confundir "pesadillas" con "peladillas" o "posible" con "fosible"). De Vigan no busca un diagnóstico médico riguroso, sino convertir la confusión fonética en un recurso poético: un lenguaje que trastabilla pero que conserva intactos el sentido, el humor y la dignidad de la protagonista, obligando al lector a asumir el rol de un logopeda activo.
  • El tiempo en dos velocidades (finitud e historia): La temporalidad opera en dos planos: el tiempo presente (la cuenta atrás marcando la pérdida acelerada de palabras en el geriátrico) y el tiempo histórico (el trauma de la infancia en la Francia ocupada). El ritmo arranca de forma pausada y repetitiva, pero sufre una marcada aceleración en los capítulos 8 y 9 para resolver la búsqueda de la pareja salvadora antes del desenlace.
  • Personajes redondos, libertad y el final abierto: Michka es un personaje magnético que defiende su autonomía a toda costa. El texto deja entrever un final abierto cargado de significación ética: tras negarse a tomar somníferos para "sentirse libre", Michka parece acumular clandestinamente las pastillas que le suministran en la residencia. Esta sutil elipsis sugiere la posibilidad de un acto deliberado de eutanasia pasiva o autodeterminación, donde la protagonista utiliza sus últimas fuerzas para decidir sobre su propio final, ejerciendo su derecho a morir con dignidad antes de que el deterioro le arrebate la última traza de humanidad.
  • El tejido simbólico y el respeto como valor matriz:
    • El respeto: Es el valor central que atraviesa toda la obra. Se manifiesta en la forma en que Marie y Jérôme se aproximan al cuerpo y a la mente deteriorada de Michka, no desde la piedad condescendiente, sino desde la validación de su historia y su soberanía.
    • Las palabras: Símbolo de la identidad, la memoria y el único puente con los demás.
    • La afasia y el silencio: Representan la proximidad de la muerte, lo no dicho, los remordimientos y la imposibilidad de expresar lo esencial.
    • La libreta de notas: Herramienta física de resistencia para fijar el vocabulario vacilante.
    • La botella de whisky y las pastillas acumuladas: Símbolos de autonomía, insubordinación y soberanía sobre la propia vida y la propia muerte.
    • Los avisos en la prensa (Le Monde): El periódico como espacio de memoria colectiva y vehículo de gratitud pública.
  • Intertextualidad: Menciones explícitas al Holocausto y a la ocupación nazi, la alusión cinematográfica a La lamentabilidad de las cosas y la referencia al ícono de Grace Kelly.

 

5. A qué lectores va dirigida la obra y puente hacia la creación literaria


¿A qué lectores va dirigida?

  • A lectores jóvenes y adultos atraídos por la literatura intimista, psicológica y social que busca diseccionar la condición humana.
  • A escritores o aspirantes a escritores que se interesen por las técnicas narrativas modernas.
  • A personas dispuestas anímica y espiritualmente a reflexionar sobre el envejecimiento, el respeto, la memoria y el paso del tiempo sin edulcorantes.
  • A profesionales y estudiantes de áreas como logopedia, psicología, geriatría, medicina, trabajo social y pedagogía, por su representación sensible de la afasia y del cuidado ético.
  • A cualquier ciudadano de la sociedad contemporánea que busque entender el peligro de perder los principios de la lealtad, el respeto y el agradecimiento.

Puente hacia la creación literaria (Aprendizajes para la escritura propia):

  • El uso del narratario: Comprender cómo una pregunta directa al inicio del texto puede transformar la postura ética del lector frente a la historia.
  • El poder de la economía del lenguaje: Demuestra que no se requiere una prosa barroca o recargada para alcanzar una inmensa densidad emocional. Frases cortas y diálogos sobrios pueden ser más devastadores que grandes explicaciones.
  • La elipsis y el final abierto: Aprender a sugerir acontecimientos cruciales (como la acumulación de pastillas para un desenlace autónomo) sin necesidad de explicitar el morbo o el melodrama.
  • Objetos cotidianos como detonadores simbólicos: Comprender cómo un bastón, un aviso clasificado, una libreta o una botella pueden cargarse de valor político y afectivo.
  • Atreverse a romper las normas de la ortodoxia en el narrador y el punto de vista, mezclar tiempos y espacios y usar frases bisagra o puentes de transición que soporten los cambios. Sin estos el texto sería un salto al vacío sin red, un verdadero error de coherencia y costura narrativa.

 

6. Conclusiones

Las gratitudes encierra una profunda lección existencial y una metáfora inquietante sobre nuestro tiempo. En una sociedad hiperconectada y dominada por la brevedad de las redes sociales, corremos el riesgo de caer en una afasia colectiva y voluntaria: la pobreza de un vocabulario uniforme y funcional que nos priva de expresar la complejidad de los afectos.

Asimismo, la novela coloca el respeto por el adulto mayor en el centro de la discusión ética, desmontando la falsa creencia de que el dolor y la fragilidad son asuntos lejanos. Por el contrario, expone la vulnerabilidad como una condición inherente a todas las etapas de la vida y defiende la autonomía radical de la persona —incluso en la decisión sobre su propia muerte— como el último baluarte de dignidad. De Vigan convierte el agradecimiento en un imperativo ético y en la última línea de defensa de nuestra humanidad, recordándonos que dar las gracias a tiempo no es un convencionalismo social, sino el único acto capaz de dar sentido y cierre a nuestra existencia antes de que caiga el silencio definitivo.

 

7. Muro de comentarios (Ecos del taller)

  • “Me pongo a pensar en los últimos meses, en las últimas horas. En las conversaciones que tuvimos, en las sonrisas, en los silencios. Me vienen a la memoria los momentos compartidos. Otros los he olvidado. E invento los que me perdí”.
  • “Debería estar prohibido envejecer”.
  • “Sin el lenguaje, ¿qué nos queda?”.
  • “No consumo somníferos porque me quiero sentir libre para saber que es posible irse antes de que sea demasiado tarde”.
  • “Tengo la sensación de estar perdiendo algo todo el rato, pero no sé qué es… y me da miedo. Me gustaría decir más, pero… estoy incapaz, ¿sabes lo que te quiero decir?”.
  • “—¿No estarías buscando las palabras debajo de la cama, Michka? —Sí, es fosible”.
  • “Lo que me sigue sorprendiendo, lo que me alucina… es la perdurabilidad de las penas infantiles. La huella ardiente, incandescente, que dejan a pesar de los años”.
  • “—Trabajaremos juntos para que se arregle, Michka, siempre que estés dispuesta. —Ya, pero… ¿la verdad sea dicha? Podemos ralentizarlo, pero no podemos detenerlo”.
  • “¿Decirle el qué? Todo. Todo lo que luego te amortaja… lo que te atormenta cuando la gente desaparece. No hay que guardarse las cosas dentro. Provocan peladillas… pesadillas, ya me entiendes”.
  • “Envejecer es aprender a perder”.
  • “Los remordimientos son muy malos. Aquí, esperar es una ocupación en toda la regla”.
  • “Comprendí que las preguntas engendraban dolor, y que no iba a encontrar ninguna respuesta. Así que acepté del todo el silencio”.
  • “El hilo de la comunicación se ha roto. El silencio le ha ganado la partida, y ya nada la retiene”.

Gratitud a los participantes en este trabajo:

Gloria Patricia Giraldo, Claudia Escobar, Rosa Elena Grueso, Hugo Alfredo García, Maria del Pilar Rivera, Mariana Hincapié, Yolanda Zamora, Beatriz Elena Santander, María Helena García, Yeny Tatiana Guerrero, Michel Stephany Ocampo, Martha Cecilia Aguirre, Carolina Mayorga, Paula Clemencia Rodríguez, Jhon Jairo Loaiza, Nancy Castaño, Amparo, Ambrosio Correa, Luz Mery Zuluaga, Blanca Liliana Morales, William Giraldo, William Giraldo, Karen Viviana Araújo y Martha Lucía Montoya.




 



jueves, 16 de julio de 2026

Dos poemas de William Blake*

 

Eternidad

Quien a sí encadenare una alegría
malogrará la vida alada.
Pero quien la alegría besare en su aleteo
vive en el alba de la eternidad.

 

 

A la estrella nocturna

 

¡Tú, ángel rubio de la noche,
ahora, mientras el sol descansa en las montañas, enciende
tu brillante tea de amor! ¡Ponte la radiante corona
y sonríe a nuestro lecho nocturno!
Sonríe a nuestros amores y, mientras corres los
azules cortinajes del cielo, siembra tu rocío plateado
sobre todas las flores que cierran sus dulces ojos
al oportuno sueño. Que tu viento occidental duerma en
el lago. Di el silencio con el fulgor de tus ojos
y lava el polvo con plata. Presto, prestísimo,
te retiras; y entonces ladra, rabioso, por doquier el lobo
y el león echa fuego por los ojos en la oscura selva.
La lana de nuestras majadas se cubre con
tu sacro rocío; protégelas con tu favor.

 

*William Blake (28 de noviembre de 1757 - 12 de agosto de 1827) fue un poeta, pintor y grabador inglés. En gran medida desconocido durante su vida, Blake se ha convertido en una figura fundamental en la historia de la poesía y las artes visuales de la época romántica.



El libro Canciones de inocencia y de experiencia, de William Blake, incluye algunos de los poemas más bellos y queridos del visionario poeta, como «El cordero», «El deshollinador» y «El tigre». Ilustraciones del autor.


Forma parte de la Macmillan Collector's Library, una serie de impresionantes clásicos de bolsillo encuadernados en tela, con bordes dorados y marcapáginas de cinta. Estos hermosos libros son el regalo perfecto o un capricho para cualquier amante de la lectura. Esta edición incluye un prólogo de Peter Harness.





 

 

miércoles, 8 de julio de 2026

Homero Aridjis - Buenos días a los seres - Audio por el autor


Buenos días a los seres

Homero Aridjis*


Buenos días a los seres

que son como un país

y ya verlos

es viajar a otra parte

buenos días a los ojos

que al abrirse han leído

el poema visible

buenos días a los labios

que desde el comienzo han dicho

los nombres infinitos

buenos días a las manos

que han tocado las cosas

de la tierra bellísima.








Homero Aridjis nació en Contepec, Michoacán, en 1940; de padre griego y madre mexicana, se formó en el taller literario de Juan José Arreola y en 1959 obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores. A partir de entonces, la literatura ha regido su vida, actividad que comparte con la diplomacia, la docencia y la lucha ecologista.

Poeta, novelista, catedrático, diplomático y activista político y ambientalista, Homero Aridjis es uno de los escritores más prolíficos de México, además de haber publicado obras de teatro, de ensayo y de literatura infantil, autor de María la Monarca. Su obra literaria se caracteriza por la riqueza metafórica y visual, además de su sencillez discursiva.

Un cuento para practicar el uso de la ESCALETA: El billete de lotería

 

El billete de la lotería

Antón Chéjov*

Iván Dmítrich, un hombre de clase media que mantenía su familia con unos doscientos rublos al año, estaba muy satisfecho con su suerte.

Se sentó en el sofá después de cenar y empezó a leer el periódico.

—Hoy me he olvidado de mirar el periódico —le dijo su mujer mientras quitaba la mesa—. Fíjate si han salido la lista de premios.

—Sí, sí están —dijo Iván Dmítrich—, ¿pero no había sido ya el sorteo de ese billete?

—No, lo compré el martes.

—¿Cuál es el número?

—Serie nueve mil cuatrocientos noventa y nueve, el número veintiséis.

—Bueno… Vamos a ver… nueve mil cuatrocientos noventa y nueve, y veintiséis.

Iván Dmítrich no creía en el azar y no le interesaba la lotería y, por lo general, no hubiera consentido revisar la lista de números premiados, pero ahora, como no tenía otra cosa que hacer y el periódico estaba ante sus ojos, deslizó su dedo hacia abajo a lo largo de la columna de números. De inmediato, como una burla a su incredulidad, no más allá de la segunda línea, su mirada se fijó en la cifra nueve mil cuatrocientos noventa y nueve. No pudo creer lo que veía, se apresuró a soltar la hoja en su regazo sin mirar el número del billete y, como si le hubieran tirado un balde de agua encima, sintió que el frío le llegó a la boca del estómago; una sensación terrible y dulce al mismo tiempo.

—¡Masha, nueve mil cuatrocientos noventa y nueve, ahí está! —dijo con voz ahogada.

La mujer miró su gesto entre asombro y espanto, y se dio cuenta de que no estaba bromeando.

—¿Nueve mil cuatrocientos noventa y nueve? —preguntó ella, palideciendo y dejando caer el mantel doblado sobre la mesa.

—Sí, sí… ¡De verdad que está ahí!

—¿Y el número del billete?

—¡Ay, es verdad! El número del billete también. No. ¡Espera! Quiero decir: de todas formas, ¡nuestro número de serie está allí! De todas formas, entiendes…

Miró a su esposa, y a Iván Dmítrich se le dibujó una sonrisa amplia, sin sentido, como un bebé cuando se le muestra algo brillante. Ella sonreía también. El hecho de anunciar la serie sin correr a encontrar el número del billete fue tan agradable para ella como para él. El tormento y la expectativa ante la esperanza de una posible fortuna es tan dulce, tan emocionante.

—Es nuestra serie —dijo por fin Iván, después de un largo silencio—. Así que es probable que hayamos ganado. Es solo una probabilidad, ¡pero existe!

—Está bien, ahora míralo —reclamó ella.

—Espera un poco. Tenemos tiempo de sobra para decepcionarnos. Está en la segunda línea desde arriba, por lo que el premio es de setenta y cinco mil rublos. Pero no solo es dinero, ¡es capital, poder! Y si en un momento miro la lista y ahí está el número veintiséis… ¿Qué me dices? ¿Oye, y si realmente hemos ganado?

Los esposos comenzaron a reírse, mirándose un buen tiempo el uno al otro en silencio. La posibilidad de ganar los turbaba. No podían ni siquiera soñar para qué necesitaban esos setenta y cinco mil, qué iban a comprar, a dónde irían. Solo pensaban en las cifras nueve mil cuatrocientos noventa y nueve, y setenta y cinco mil, y en las imágenes que brotaban de su imaginación, pero por algún motivo no podían pensar en la felicidad tan cercana.

Iván Dmítrich caminó de un lado a otro, con el periódico en las manos, y solo cuando se recuperó de la primera impresión comenzó a dejarse llevar.

—¿Y si hemos ganado? —dijo—. Será una nueva vida, un gran cambio. El billete es tuyo, pero si fuera mío, lo que haría en primer lugar, claro, sería invertir veinticinco mil rublos en una propiedad. Una finca, por ejemplo. Diez mil para gastos inmediatos: muebles nuevos, pagar deudas y algún viaje. Los otros cuarenta mil irían al banco para cobrar intereses.

—Sí, una finca estaría muy bien —dijo su esposa, sentándose y dejando caer las manos en el regazo.

—En algún lugar en las provincias de Tula u Oryol. Así no necesitaríamos una dacha, y además siempre supondrá algún ingreso.

En su imaginación comenzaban a amontonarse imágenes, cada una más agradable y poética que la anterior. Y en todas estas imágenes se veía satisfecho, sereno, sano, sentía calidez, incluso calor. Aquí lo tenemos, después de comer una sopa okroshka fría, refrescante, se tumba de espaldas sobre la arena ardiente cerca de un arroyo o en el jardín bajo un árbol de limón… Hace calor… El niño y la niña juegan cerca, cavando en la arena o persiguiendo mariposas en la hierba. Él se duerme dulcemente, sin pensar en nada, sintiendo con todo el cuerpo que no necesita ir a la oficina hoy, mañana o pasado mañana. O, cansado de permanecer quieto, va al campo de heno, o al bosque de setas, o ve a los muzhiks que están atrapando peces con una red. Cuando el sol se pone, coge una toalla, jabón y va hasta el río a darse un baño, allí se desviste con parsimonia, se frota largamente el torso desnudo con las manos, y finalmente se zambulle. Y en el agua, cerca de los opacos círculos del jabón, pequeños peces revolotean y los nenúfares se agitan. Tras el baño hay té con crema de leche y bollitos. Por la tarde un paseo o una partida de cartas con los vecinos.

—Sí, estaría bien comprar una finca —dijo su mujer, soñando también, y su rostro revelaba que estaba sumergida en sus propios pensamientos.

Iván Dmítrich pensó en el otoño, con sus lluvias y sus noches frías, y también pensó en el verano. En esa época hace falta dar paseos más largos por el jardín y a la orilla del río, para refrescarse bien. Después, beber un buen vaso de vodka y comer seta salada o pepino y después… beber otro trago. Los niños vienen corriendo de la huerta, trayendo zanahorias y rábanos con olor a tierra fresca… Y entonces puede estirarse en el sofá y hojear con parsimonia una revista ilustrada, y cuando sienta somnolencia cubrir su rostro con la revista, desabrocharse el chaleco y entregarse al sueño. Al verano lo sigue un tiempo nublado y sombrío. Llueve día y noche, los árboles desnudos lloran, el viento es húmedo y frío. Los perros, los caballos, las aves… todo está mojado, abatido, triste. Ya no hay paseos; durante varios días no se puede salir y uno tiene que caminar de un lado al otro de la habitación, mirando con desánimo por la ventana gris. Es deprimente.

Se detuvo un momento y miró a su mujer.

—Sabes, Masha, debería viajar al extranjero —le dijo.

Y comenzó a pensar en lo agradable que sería a finales de otoño visitar algún lugar al sur de Francia… Italia… la India.

—También a mí me gustaría ir al extranjero, claro —dijo su mujer—. ¡Pero, vamos, comprueba el número del billete!

—Espera, espera un poco —contestó.

Se paseó por la habitación y continuó pensando. Se dijo, ¿y si viajara con su mujer? Es agradable viajar solo o en compañía de mujeres sin preocupaciones y sin compromiso; esas que viven el momento presente, y no las que están continuamente pensando y hablando de los hijos, temblando de consternación por cada kopek. Iván Dmítrich imaginó a su esposa en el coche con una multitud de paquetes, cestos y bolsas. Todo el tiempo murmurando por algo: quejándose de que el tren le produce dolor de cabeza, lamentando que ha gastado mucho dinero… En cada estación él tiene que correr por el agua caliente, el pan y la mantequilla… Almuerzo no hay porque es demasiado caro…

“Ella le reprocharía cada kopek —pensó mirando a su mujer—, porque el billete de lotería es suyo, no mío. Además, ¿para qué querría ir ella al extranjero? ¿Qué es lo que iba a hacer allí? Se encerraría en la habitación del hotel y no me quitaría la vista de encima. ¡Lo sé!”.

Y por primera vez en su vida, vio que la mujer había envejecido, se había vuelto fea y olía a cocina, mientras que él era todavía joven, con buena salud, exuberante, incluso podría casarse de nuevo.

“Todo esto es absurdo, una tontería —pensó—. ¿Para qué iría ella al extranjero? ¿Qué sabe ella de viajar? No importa, querría ir igual… me lo imagino. Para ella sería lo mismo Nápoles que el pueblo de Klin. La tendría siempre en medio, estorbando. Tendría que depender de ella para todo. Estoy seguro de que en cuanto recibiera el dinero lo guardaría bajo siete llaves, como hacen las mujeres. Lo escondería de mí. Sería generosa con sus familiares y a mí me pediría cuentas de cada kopek”.

Iván Dmítrich se puso a pensar en esos parientes. Todos esos hermanos y hermanas, tías y tíos vendrían arrastrándose tan pronto como supieran del premio y llegarían lloriqueando como mendigos, adulando con sonrisas hipócritas y empalagosas. ¡Gente repugnante! Si les das algo, pedirán más; si te niegas, maldecirán, jurarán y te desearán toda clase de desgracias. Iván imaginó a los parientes y sus caras, las que siempre había mirado con indiferencia y que ahora le parecían odiosas, despreciables.

“Son unos canallas”, pensó.

El rostro de su esposa también le empezaba a parecer irritante y repulsivo. En su corazón surgió un resentimiento contra ella, y pensó con malicia: “No entiende nada de dinero, por eso es tan mezquina. Si ganase el premio me daría cien rublos y el resto lo guardaría bajo llave”.

Miró a su mujer, ya no con una sonrisa, sino con odio. Y ella lo miró a él y también en su mirada había ira y odio también. Ella tenía sus propios sueños, sus propios planes, sus propios pensamientos y conocía perfectamente las ideas de su marido. Sabía que él sería el primero en avanzar sobre lo que había ganado.

“Es agradable fantasear a costa de los demás —se pudo leer en sus ojos— ¡Ni te atrevas!”.

El marido captó su mirada. El odio volvió a agitarse en su pecho y, para herir a su mujer, para desairarla, se apuró a buscar en la cuarta página del periódico y anunció con aires de triunfo:

—Serie nueve mil cuatrocientos noventa y nueve, número cuarenta y seis. ¡No veintiséis!

La esperanza y el odio desaparecieron de repente e inmediatamente Iván Dmítrich y su mujer encontraron la habitación oscura, pequeña y sofocante. Imaginaban que la cena que hubieran estado comiendo les sentaba mal y pesaba en sus estómagos. Las noches se volvían largas y tediosas.

—¿Qué significa este infierno? —dijo Iván Dmítrich, con fastidio—. Por donde vas hay siempre trozos de papel, migas y cáscaras bajo mis suelas. ¡Es que no se barre este lugar nunca! ¡Necesito dejar esta casa, que me lleve el diablo! ¡Me iré ahora mismo y me colgaré del primer árbol que encuentre!


         “Выигрышный билет”,

Gaceta de San Petersburgo, 1887

Antón Pávlovich Chéjov fue un cuentista, dramaturgo y médico ruso. Encuadrado en las corrientes literarias del realismo y el naturalismo, fue un maestro del relato corto, y es considerado uno de los más importantes autores del género en la historia de la literatura. 

 

lunes, 6 de julio de 2026

Blanco, de Han Kang. Reseña crítica colectiva

 


Reseña crítica colectiva

Blanco, de Han Kang

Documento consolidado a partir de los trabajos de los grupos como práctica del Taller

"Junta literaria – Leer para escribir"

 

“El blanco es el color de lo que falta, pero también de lo que permanece”.

No te mueras. Por el amor de Dios, no mueras. Palabras ininteligibles, las únicas palabras que iba a oír en su vida”.

“En el instante del vaho se difunde milagrosa nuestras vidas, en una bocanada de vapor al aire libre”.

“Lo que es blanco, sin embargo, puede ser mancillado”.

 

 

1. Sobre la autora

Han Kang es una escritora surcoreana galardonada con el Premio Nobel de Literatura, célebre por convertir el trauma y la memoria en alta materia literaria. Tras obtener el reconocimiento internacional con La vegetariana y explorar las heridas colectivas en Actos humanos, la autora entrega en Blanco su propuesta más íntima, donde la vulnerabilidad individual se funde en un lenguaje universal. Como archivera de un saber familiar que se extingue, utiliza una "agudeza clínica" para descubrir las raíces y las trabas colectivas de la memoria personal, consolidándose como una voz fundamental que redefine la literatura contemporánea.

2. Sobre la obra

Blanco (2016) nace directamente de una fractura biográfica: la muerte de la hermana recién nacida de la autora, quien sobrevivió apenas dos horas. En la tradición cultural de Corea del Sur, el blanco no solo representa la pureza y la fragilidad del comienzo de la existencia, sino que es el color del luto profundo. Han Kang utiliza esta coincidencia simbólica para edificar un territorio de contemplación y resistencia contra el olvido. La motivación de la obra se arraiga en dos geografías heridas: la fría Varsovia, una "ciudad cadáver" arrasada por la guerra que espejea y desentierra los traumas históricos de la Corea del siglo XX, marcada por la opresión y la guerra. Es una obra híbrida, un género que se mueve entre la novela, el ensayo lírico, la memoria y la filosofía de la pérdida.

Blanco

3. Resumen de la obra

Blanco se estructura como un collage o mosaico de imágenes agrupadas por un incrustado duelo. La obra carece de una trama lineal convencional; en su lugar, se organiza en torno a una antología de sesenta objetos blancos (nieve, arroz, leche, pañales, humo) donde cada uno abre un fragmento meditativo para explorar la fragilidad y la permanencia. La vida se entiende aquí como un instante fugaz, una bocanada de vapor que se difunde al aire libre. La atmósfera es de una intimidad estremecedora y fantasmal, un susurro confesional que busca paliar el sufrimiento mediante la fijación del luto en elementos concretos, transformando la devastación en un ritual de despedida.

4. El cómo (las técnicas narrativas)

El engranaje técnico de Blanco es la razón por la que la obra resulta tan singular. Han Kang no adorna el dolor; utiliza la estructura y el lenguaje de forma precisa como un bisturí clínico y poético para que la devastación de la pérdida se transforme en una experiencia estética e inmersiva. Las variables narrativas se articulan de la siguiente manera:

  • El título y la carátula como umbrales visuales: Son los primeros dispositivos técnicos que preparan al lector para el código del libro. El título, absoluto y directo, opera como un sustantivo-personaje que activa la dualidad coreana del blanco: pureza del nacimiento y luto profundo. Por su parte, la carátula anticipa la écriture plate ("escritura plana" o "escritura neutra") a través de su diseño austero y el uso generoso del vacío. No funcionan como empaque comercial, sino como una mortaja visual y un paratexto elíptico que introduce la poética del silencio antes de pasar la primera página.
  • La estructura fractal y la hibridación genérica: La obra rompe de manera radical con la novela lineal. Se edifica a través de una estructura fractal dividida en más de sesenta textos-espejo breves que funcionan como poemas en prosa o meditaciones independientes. Son escenas sin una secuencia cronológica aparente, pero estrechamente relacionadas a través de una red subterránea de correspondencias. Esta hibridación disuelve las fronteras genéricas, situando el libro en un umbral donde conviven la novela de vanguardia, el diario íntimo, el ensayo lírico y la poesía confesional, exigiendo una lógica activa por parte del lector para unir las piezas del mosaico.
  • El juego de narradores y la polifonía de voces: La perspectiva se desplaza fluidamente a través de tres dimensiones narrativas y polifónicas que permiten modular la distancia con el dolor. Arranca desde una narración en primera persona singular (“yo”), que aporta la voz íntima y descarnada de la escritora que recuerda. Luego, salta a la segunda persona (“tú”), estableciendo diálogos cortos e imposibles con la hermana ausente o interpelando directamente al lector. Finalmente, transita hacia la tercera persona para referirse a "ella" (la hermana imaginada que recorre Varsovia), una técnica omnisciente que funciona como un desdoblamiento de la propia narradora observándose desde fuera para enfriar el relato en los momentos más agudos. A este entramado se suma la voz de la madre, que aparece mediada por sus propias palabras, proyectando y transmitiendo el trauma a la siguiente generación.
  • La temporalidad discontinua y el ritmo circular: El tiempo en Blanco no es una línea que avanza, sino un territorio fragmentario y discontinuo, un reflejo exacto de cómo opera la psicología del luto. El texto va y viene de forma fluida entre el recuerdo del parto traumático de la madre en la Corea del siglo XX y el presente contemplativo e invernal de la autora en Polonia. El ritmo de la obra es lento, pausado y profundamente circular; no busca un clímax dramático tradicional, sino que gravita persistentemente sobre las mismas ideas originarias: el nacimiento, la vida truncada y la omnipresencia de la blancura. Es la simulación perfecta de una respiración contenida, un compás irregular pero insistente que evita que el texto se rompa emocionalmente.
  • Los personajes conceptuales y la desmaterialización: En esta obra, las fronteras entre personajes humanos, espacios y abstracciones se diluyen por completo. La "Hermana Ausente" es el fantasma principal y el centro simbólico; un ser sin rostro a quien la narradora busca darle cuerpo, nombre y ojos a través de las palabras. La madre y el padre actúan como figuras ancestrales ligadas al dolor: la madre perpetúa el luto a través de la herida oral, y el padre aparece en la periferia como una figura compasiva encargada de ejecutar el ritual tradicional de despedida. El entorno mismo de Varsovia opera como un personaje espejo, una "ciudad fantasma" que sobrevivió a una masacre histórica y que dialoga en silencio con el invierno interno de la autora.
  • La atmósfera psicológica, el luto y el silencio: La atmósfera del libro es de una intimidad estremecedora y fantasmal, un susurro confesional que se balancea entre el duelo y la melancolía. Han Kang logra una sobriedad intelectual única al obligarse a narrar con frialdad analítica lo que de otro modo sería insoportable. Para materializar esta atmósfera de quietud, la autora utiliza el espacio en blanco de la página como un truco visual y elíptico: los extensos vacíos en el papel representan lo indecible, el luto materializado y la solemnidad del silencio, permitiendo que el lector respire dentro de la herida.
  • El entramado simbólico y ritual: Los símbolos en la obra actúan como testigos y vehículos para procesar el sufrimiento personal y heredado. El blanco es el símbolo matriz, mutando constantemente entre la pureza de la vida que comienza (los pañales, la bata de recién nacido, la leche materna como metáfora de una maternidad truncada) y la frialdad de la muerte (la mortaja, la escarcha, la nieve). Los elementos cotidianos de la antología, como las pastillas blancas o los terrones de azúcar, se tornan en momentos inviolables a los estragos del tiempo. La nieve representa la fragilidad y el paso del tiempo; la niebla (ese perro blanco que no ladra) simboliza los recuerdos difusos y la frontera entre los vivos y los muertos; y los pájaros blancos aparecen como la encarnación del alma buscando la liberación y el desasimiento.
  • La intertextualidad histórica y cultural: La obra teje un diálogo implícito y explícito con referentes de escalas humanas diversas. Equipara la reconstrucción minuciosa de una "ciudad cadáver" (Varsovia tras el levantamiento nazi de 1944) con la reconstrucción identitaria de la escritora sobre su tragedia familiar, enlazándola además con los traumas de dominación sufridos por Corea del Sur. En el plano estético, incorpora elementos del budismo (el ritual Cheondo-jae), una mención explícita a una película alpina de 1980 para explorar el peso inmutable de la memoria de los padres, una clara afinidad lírica con las líneas cortas e imperfectas de Emily Dickinson al hablar de la inmortalidad, y la evocación del escritor coreano Park T'ae-won para explicar los patrones de escarcha en una ventana.

 

5. A qué lectores va dirigida la obra y Puente hacia la creación literaria

¿A qué lectores va dirigida? A lectores críticos, reflexivos y sensibles a la psicología social y del dolor. Es una obra ideal para quienes están dispuestos a sostener una mirada meditativa sobre la fragilidad y buscan en la literatura un espacio de quietud y un bálsamo reparador, más que una historia de entretenimiento.

Puente hacia la creación literaria:

  • Dar forma a lo informe: El texto demuestra cómo utilizar la literatura para canalizar un dolor transgeneracional y estructurar un relato a partir de abstracciones.
  • La escritura fractal: Aprender a componer a través de textos-espejo, entendiendo que el espacio en blanco de la página es tan elocuente como la tinta.
  • El objeto como detonador: Aprender a usar elementos cotidianos para construir una atmósfera poética sin estructuras rígidas.

 

6. Conclusiones

Blanco es un libro breve, pero de una solemnidad profunda. Han Kang convierte el color en un lenguaje que interpela desde lo íntimo y lo histórico, dejando preguntas sobre cómo el dolor es atravesado desde nuestra humanidad. Aunque roza el hermetismo, el texto es una propuesta creativa e inmersiva que expande los límites de la narrativa contemporánea, demostrando que la literatura no solo relata la pérdida, sino que se convierte en el espacio ritual donde esta puede, finalmente, descansar.

 

7. Muro de comentarios

  • “El dolor rancio aún no se ha marchitado del todo, el dolor fresco aún no ha florecido”.
  • “Esta vida solo necesita de uno de nosotros para vivirla. Como la escritura negra que sangra a través del papel blanco”.
  • “Aquella ciudad que se parecía a un cadáver… se mantuvo en pie con una terquedad infinita”.
  • “Vivir es una fragilidad que se rompe al menor roce”.
  • “Cuando la tela de algodón roza su piel desnuda y le dice algo: eres noble, tu sueño es limpio, vivir no es vergonzante”.
  • “Es debido a la blancura ondulante dentro de nosotros que los objetos prístinos no dejan de conmovernos”.
  • “Pastillas blancas, horas de dolor, terrones de azúcar: momentos inviolables a los estragos del tiempo”.
  • “¿Un perro que es un perro, pero no ladra? Niebla, un perro blanco que no ladra”.

¡MUCHAS GRACIAS a los participantes!